Hoy quiero invitarte a orar, a dirigir nuestros ojos al cielo y meditar en la realidad que hay un Dios que nos ama y que desea que vivamos felices, libres, como hermanos que se ayudan unos a otros, en el mismo nivel como hijos del Padre eterno y hermanos en Cristo*. Reconozcamos esta realidad y dirijamos confiadamente nuestra oración al cielo. Si no tenemos fe, pidámosela a Él.
Dice el Salmo*: “Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua. Mi alma tiene sed de Ti”.
Ante tantas divisiones, violencia, robos, injusticias, tristezas, amarguras, egoísmos, deshonestidades, lujuria, tenemos la esperanza, que si abrimos nuestro corazón al Espíritu de Dios, Él puede transformarnos y darnos la valentía para luchar por la unión, paz, integridad, justicia, alegría, entusiasmo, generosidad, honestidad, templanza, que surge cuando Dios habita en la persona y se refleja en la familia y en la sociedad. Su Espíritu todo lo transforma y hace nuevo. Así como un árbol sin agua se muere. Así nosotros sin Dios, perdemos la vitalidad, nos morimos de sed, nos dejamos llevar por aquello que nos destruye. Con Él, todo se revitaliza.
Nosotros y nuestra sociedad, tenemos al mismo tiempo dos movimientos simultáneos uno que nos lleva a la muerte y otro, a la vida. El primero nos guía por el relativismo, la inmoralidad, la esclavitud del pecado; el otro, nos invita a obedecer las leyes de Dios, a vivir los mandamientos del amor, a vivir la libertad interior.
Si escogemos el segundo y aceptamos como Mesías a Jesús, deberemos atender las paradojas que nos plantea seguirlo, poniendo nuestra mirada en la construcción de su Reino y en la vida eterna: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”*.
Si alguien quiere trabajar por la excelencia, por ejemplo en el deporte, ¿es posible lograrlo sin sacrificios? ¿No tendrá que negarse a muchas cosas, por la conquista de un bien mayor? ¿No tendrá que ejercitarse mucho? Igual sucede si deseamos alcanzar el mayor de todos los bienes. Tendremos que apegarnos a las leyes de amor planteadas en los mandamientos y en la vida de Jesús y, en comunión con Él y su cruz, luchar contra todo pecado y apego, aceptando con amor las cruces naturales de la vida, para que sean los elementos que ayuden a nuestra alma a conquistar los bienes eternos.
Jesús fue el cumplimiento de la profecía: Brotará una fuente que los purificará de sus pecados”*. La sed en Dios, solo se calma con su amor y su gracia.
* Sal 62; Gal 3, 26-29; Lc 9, 18-24; Zc 13, 1
*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.
judithdepaniza@yahoo.com