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A finales de julio –nueve meses después del huracán Sandy, que causó terribles estragos- Santiago de Cuba celebró su carnaval. Unos días antes culminó el Festival del Caribe, que atrajo a miles de personas y permitió que, en una ciudad aún en reparación, revivieran la economía y la alegría.

Marcos Campins, presidente del Comité del Carnaval y Vicealcalde de la ciudad, contó en el pasado Encuentro de Carnavales del Caribe cómo dudaron por un instante de hacerlo, pero “sin el carnaval no hay Santiago ni hay Cuba”.
Hay la tendencia a poner a “competir” a la cultura (en presupuesto, políticas públicas y en importancia) con otras necesidades. Y en esta competencia, las celebraciones populares suelen perder.
Las fiestas y festivales son vistos en ocasiones como un espacio para el desorden y la delincuencia, circo para el pueblo, un gasto innecesario. Sin estudios, cifras, ni evidencias, se descalifica por percepción o prejuicio.
La investigación ha probado su impacto en las economías locales. Bajo la perspectiva del bienestar, se ha demostrado que personas con privaciones materiales que participan en actividades culturales no se consideran pobres, o se sienten menos pobres, que las que participan poco o nada.
Los derechos culturales buscan garantizar el acceso de personas y comunidades a la cultura en aquella que elijan, y su disfrute con igualdad, dignidad y sin discriminación.
Estos derechos son desconocidos al negar la fiesta popular. Es el caso del Festival Nacional de la Cumbiamba de Cereté, Córdoba, prohibido junto a otros eventos por el alcalde Francisco Padilla, pese a los reclamos ciudadanos.
El funcionario dice que la decisión no obedece a sus creencias religiosas y que “primero hay que procurar por el bienestar de los cereteanos con obras que generen desarrollo y trabajos y después vendrán los permisos para algunos eventos, pero cuando existan las condiciones económicas del municipio”.
Este festival se creó para preservar la tradición musical del Sinú. Con 21 ediciones ayudó a que sigan vivos los pitos y tambores en un municipio donde la mayoría de músicos prefiere las bandas de viento.
Entender el desarrollo humano le mostraría al Alcalde Padilla que este es también la libertad de elegir la identidad propia, entre varias alternativas, sin exclusiones. Que pobreza es también la falta de posibilidades de vivir la vida que se considera adecuada.
Vería el Alcalde que prohibir las fiestas tradicionales porque “la gente no tiene plata”, es contribuir a la pobreza. Es buscar la fiebre en las sábanas.
*Investigadora del Laboratorio de Investigación e Innovación en Cultura y Desarrollo L+iD de la UTB.
Twitter @Ginaruzr

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