Un señor llega en su carro al mercado de Bazurto a las cuatro de la mañana a comprar pescado fresco. Su celular timbra y el señor contesta. Entonces dos sujetos surgen de la oscuridad (como en el verso de Góngora: “Bala el ganado; al mísero balido/ nocturno el lobo de las sombras nace), lo apuñalean, le roban el celular y el dinero: el señor muere desangrado, como en el otro poema de Federico García (“Muerto se quedó en la calle/ con un puñal en el pecho…”).
Una joven muy atractiva llega sin compañía a un bar lleno de muchedumbre anónima, vestida con un traje diminuto que más que cubrir, resalta la morbidez de su piel y sus redondeces bajo la frágil barrera de la tela. Se sienta en la barra, donde conoce dos amables jóvenes que la invitan. Bailan, ríen, se emborrachan y más tarde salen todos muy contentos. Al amanecer la joven aparece en una playa solitaria, semidesnuda y golpeada, víctima de abuso sexual.
Nosotros jamás haríamos algo así. Jamás atracaríamos al señor, ni lo mataríamos; tampoco violaríamos a la joven. Nosotros somos incapaces de hacer algo así. Al contrario, quizás intentaríamos, aún con el riesgo de que nos insulten por entrometidos, de alertar tanto al caballero como a la dama, hasta donde razonablemente no nos pongamos en peligro de ser atacados. Es que nosotros no somos atracadores, asesinos ni violadores. Somos gente decente y nos dan asco los hechos de violencia que saturan las noticias cotidianas.
Pero… ¿quiénes somos nosotros? ¿Somos nuestra familia? ¿Nuestros amigos? ¿Nuestros colegas? ¿Nuestros compañeros de trabajo? ¿Quién –que no sabemos– escapa a ese modo de actuar que impone en este concepto la palabra “nosotros”? No lo sabemos. Esa persona que no pertenece a nosotros podría estar en cualquier parte: algunas veces, sentada cerca de nosotros sin que lo sepamos; otras, quizás pueda incluso saludarnos y sonreírnos: quien creemos que es el doctor Jekill puede ser en verdad míster Hide.
Como sabemos eso, nosotros no exhibimos dinero, joyas u objetos valiosos en lugares inseguros. Muchas veces nos inhibimos de hablar por celular porque sospechamos de quienes nos rodean. Nosotros somos prudentes, porque sabemos que por robarnos, en este país nos pueden matar a plena luz del día.Andrés, Camilo, Gustavo, Patricia, Fernanda y María también opinan lo mismo, y tanto ellos como ellas se cuidan para no ser víctimas de la delincuencia o la insania que medra en el entorno. No considero que deban ser estigmatizados por pensar de esa manera. Nosotros también estamos de acuerdo con ellos.
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