El legado histórico de Cartagena ha posicionado a la ciudad como destino turístico cultural. A propósito del inicio de la temporada de fin de año, cabe preguntarse si es sostenible el modelo de fomento turístico que, aunque trae beneficios económicos, poco respeta los intereses de los cartageneros.
La promoción nacional e internacional ha incrementado el número de visitantes a la ciudad. Con relación a 2006, los turistas de cruceros se han quintuplicado. En el primer trimestre de 2013 los visitantes llegados por vía aérea aumentaron 40% y los participantes en congresos y convenciones, en 94%, comparado con 2012.
Todo ello es deseable desde la lógica de la dinamización económica y la atracción de inversiones. Sin embargo, Cartagena muestra síntomas de agotamiento y explotación insostenible de sus atractivos turísticos, resultado de la falta de una visión actualizada e incluyente del desarrollo local. Algunas razones asociadas son el anacrónico Plan de Ordenamiento Territorial y la falta de una política integral de turismo y de recuperación y preservación del patrimonio inmaterial.
La insostenibilidad se refiere al incoherente discurso de intentar vender una ciudad como “destino cultural de talla mundial” sin considerar su propia cultura ni anteponer los intereses de sus habitantes en el modelo de desarrollo.
Cierto es que las dinámicas turísticas y comerciales han contribuido a la recuperación de la seguridad y rescatado el espacio público de algunas zonas como Getsemaní. Pero intereses económicos particulares han generado efectos indeseables, como el desplazamiento de los raizales de ese barrio, denominado “gentrificación”.
La ciudad debe estar atenta al proyecto de Acuerdo que está preparando el Instituto de Patrimonio y Cultura, que busca limitar este fenómeno. La iniciativa debería impedir lo que ya ha ocurrido en San Diego, donde, por la venta de inmuebles a inversionistas, son pocos quienes pueden invitar a vecinos a pasar una tarde de domingo en el patio de su casa.
De seguir este proceso, la identidad de Getsemaní, cuna de la independencia de Cartagena, quedará en lujosas viviendas de vacaciones, deshabitadas calles y estériles fachadas. No serán la riqueza cultural de sus gentes, la vibrante actividad de la comunidad ni las manifestaciones autóctonas las que contarán la historia de la ciudad.
Si preferimos los intereses de los cartageneros, debemos empezar a construir una ciudad incluyente para sus habitantes y evitar transformarnos en una prefabricada imitación de ciudad con pasado colonial alguna vez llamada Cartagena.
*Profesor de la Maestría en Desarrollo y Ambiente, UTB
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