Alejandro Magno dominó el mundo cuando todavía era un adolescente, a los veinte años inició un imperio que se extendería desde Macedonia hasta la India, pasando por Asia menor, Persia y otros territorios. Estuvo muy cerca de invadir China pero sus soldados se negaron a seguir esa vorágine de guerras inacabables. Su personalidad lo convirtió en uno de los guerreros que marco la historia para siempre. Arrogante, valiente, sanguinario, cambió el mundo no solo en su era sino para la eternidad. La historia le daría un puesto junto a Hitler y Stalin.
Sin embargo este guerrero implacable también tenía una faceta inimaginable, era un lector voraz, ávido de conocimiento y cultura. Su padre antes de morir llamó a Aristóteles para que fuera su tutor. Con él aprendió a leer los poemas de Homero, los cuales recitaba de memoria. La leyenda dice que soñó en alguna noche cristalina un pasaje de la Odisea que hablaba de una ciudad en Egipto cerca al Nilo. Amparado en sus dioses fundó la ciudad de Alejandría, tal cual como la imaginó en su sueño. Con el tiempo hubo muchas Alejandrías esparcidas por los senderos que pisó con Bucéfalo, su fiel caballo, pero esta sería distinta, sería recordada eternamente como la ciudad que centralizó la ciencia y el pensamiento humano por muchos siglos.
Alejandro tal vez no imaginó que su deseo terminaría en un faro que alumbraría las mentes más claras de la época. Tampoco se enteró, por su muerte prematura, que la biblioteca de Alejandría y su museo, atesorarían los libros que describirían el mundo y la civilización. En sus salas, hombres excepcionales escudriñaron sin tener muchas herramientas, cómo funcionaba el cosmos. Con sus mentes llenas de curiosidad lograron, sin telescopios, intuir que la tierra no era el centro del universo y dieron las primeras luces para interpretarlo. Algunos de ellos se adelantaron milenios, como Arquímedes, considerado el primer físico de la humanidad, quien explicó las primeras leyes de la naturaleza que aún siguen vigentes.
La biblioteca de Alejandría fue quemada el año 642 de nuestra era. Más de 400.000 volúmenes se perdieron para siempre. El retroceso que originó su destrucción fue incalculable, todo el esfuerzo hecho para guardar el conocimiento de la antigüedad se esfumó en las llamas, impidiéndonos mantener el hilo conductor de la ciencia.
Durante siglos la oscuridad se adueñó de las mentes y la inteligencia se escondía detrás del miedo. Tuvimos que esperar hasta el siglo 16 para que apareciera la luz con Kepler y Galileo.
En el año 2002 las puertas de la nueva Biblioteca de Alejandría se abrieron frente a las aguas del Nilo para iluminar nuevamente a la humanidad. Más de 1 millón de personas buscan el conocimiento en sus aulas y en sus libros cada año. El sueño de Alejandro, el guerrero indomable, descansa en paz.
cargaries@yahoo.es