En Colombia todos los ciudadanos, sin distingos de edad, sexo, estrato socioeconómico, educación u oficio, somos víctimas potenciales de un ataque con ácido.
Una empleada del servicio doméstico resentida puede verse tentada a mezclar ácido muriático con Colbón (para que el ácido se pegue más a la piel y cause más daño) y rociárselo en la cara y el cuerpo a la señora, sea en su propia casa o, con calma y premeditación, diferida su furia pero alimentada su venganza, en cualquier sitio público. Todos debemos sentirnos amenazados. Personalmente, en esta época no quisiera ser profesor, yo, que ejercí la docencia universitaria durante la mayor parte de mi vida profesional, temo que un estudiante malo, de esos que deben “rajarse” para proteger a la sociedad de la mala práctica, opte por la solución ácida.
Qué podrá decirse de los profesores de bachillerato cuyos alumnos llevan puñales y revólveres en sus morrales. Por una materia perdida: ácido con ellos. Ácido para el abogado que me venció, para el policía que me capturó, para el juez que me condenó, para el médico que se equivocó, para el taxista que cobró de más, para el deudor reacio, para el que no dio propina al cuidador de carros; ácido para la mujer bella que me desprecia, para la recicladora humilde por cualquier motivo, para robarte el teléfono celular, porque no deberías haber estado en ese sitio, porque miraste mal, porque miraste bien, por maluco, por bonito, por negro, por amarillo, por blanco, por cianótico, por viejo, por pálido, por sidoso, porque pareces marica o porque lo eres, porque me caes mal, porque padezco el síndrome de Eróstrato y soy inimputable y perverso.
Yo te bautizo con ácido, y las marcas de este rito en tu cuerpo y en tu alma te acompañarán durante toda la vida, recita extático el supremo sacerdote del odio y la crueldad, consciente del daño que va a producir, empoderado por la impunidad judicial.
Si el gobierno va a dejar hienas sueltas en la calle, tendremos que quedarnos encerrados en la casa. Me da miedo que mañana, por cualquier razón, por equivocación, me den una rociadita. Eso ya puede pasarle hoy a cualquier ciudadano. A usted, por ejemplo. Habrá que usar vestidos especiales. La calle sigue llena de “presuntos” que meten miedo.
Los depredadores, sean animales o humanos, no pueden andar sueltos en medio de la gente sana, entre “nosotros”. No nos lo merecemos. Ellos pertenecen a “los otros”. No merecen la piadosa muerte, pero sí la cadena perpetua, para que jamás vuelvan a tener la oportunidad de hacernos daño.
Y si están locos, el manicomio perpetuo.
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