Santos, presidente y candidato, tomó la paz como la bandera principal de su campaña por la reelección. Colombiano que no lo respalde con el voto es enemigo de la paz. Y su publicidad añade que la paz está muy cerca porque nunca como bajo su gestión se había avanzado tanto en las negociaciones con la guerrilla.
Soy amigo de la paz pero no soy amigo de que jueguen con mi ignorancia. Por eso pregunto: ¿qué es lo que se ha avanzado? Me dirá el candidato Santos que de cinco puntos de la agenda, tres están concertados. Y vuelvo a preguntar: ¿qué es lo acordado? Y me contestará el presidente Santos: los acuerdos son secretos de Estado, sólo el gobierno y sus amigos cercanos pueden conocerlos.
Entonces, la paz se está usando en la campaña electoral en forma deshonesta. El candidato Santos alardea de haber logrado mucho, pero el presidente Santos oculta a los colombianos lo negociado. Esa dualidad de candidato y Presidente en torno al manejo de la paz es un golpe a la ética pública.
Se nos pide que hagamos actos de fe en el candidato Santos, cuyo recorrido en la vida pública está lleno de contradicciones graves entre sus manifestaciones de pensamiento y sus actuaciones, entre sus decires y la realidad, pues ya es proverbial su escasa inclinación por respetar su propia palabra. Si no, preguntémosle a su hoy mejor aliado, Gustavo Petro, quien hace pocos días desde los balcones de la Alcaldía de Bogotá gritaba al país que el presidente Santos mintió, pues prometió no destituirlo y luego lo hizo.
El Presidente candidato pregunta si las madres quieren entregar sus hijos a la guerra, pero no pregunta si las madres, padres, hermanos, hijos de los mutilados por minas quiebrapatas, de los secuestrados por la guerrilla, de los asesinados por las Farc, de los soldados y policías caídos en combate o vilmente rematados después de rendidos y torturados, de los desplazados, de los que han sido despojados de sus bienes, están de acuerdo con que los criminales que cometieron esos hechos a sus indefensos parientes queden exentos de toda pena y lleguen a mandar al país desde el Congreso.
Es falta de transparencia que los acuerdos de La Habana se escondan. Si son tan buenos y saludables para el pueblo colombiano, ¿por qué ocultarlos? Lo sensato es esperar que acuerdos justos y serios tuvieran un respaldo inmenso y fervoroso en las urnas. Entonces, ¿cuál la razón para esconderlos?
Si se obrara con honestidad, lo primero que habría que reconocer es que la paz no es un juego de la gallina ciega y, por lo mismo, un presidente respetuoso de la transparencia mostraría esos acuerdos a todo el pueblo o tendría, a lo menos, el pudor de no hacerlos bandera electoral y no insultaría a los colombianos pidiéndoles que aprueben lo que se niega a mostrarles.
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