No me cansaré de narrar aquí, con el riesgo de convertirme en foco de sus persecuciones, los atropellos de los agentes de la policía nacional y del tránsito, que me cuentan ciudadanos de bien, o que vivo en carne propia.
Son tantos los que he narrado sin consecuencias conocidas, que es inevitable imaginar que a estos nadie los sanciona, salvo que su superior sienta amenazada su autoridad y poder dentro de la institución. Salvada esa posibilidad, fácil con lamboneo y sumisión, pareciera que todo les está permitido hacer contra el indefenso ciudadano y nada para prevenir o combatir la delincuencia.
Narro los tres últimos que he conocido:
Un individuo ataca a puños, frente a un agente que simula no ver, la ventana de un auto en el que van mujeres y niños. Y cuando se le reclama protección las remite a la Fiscalía.
La administradora de un edificio, previa consulta de cómo hacerlo, solicita por escrito vigilancia policial para la celebración de una asamblea que podría generar actos de violencia física. Se le promete que la tendrá, y se le advierte que le tiene que dar una propina a los agentes, pero finalmente no aparecen.
Un conductor con discapacidad pretende usar el puesto señalado en la zona de vuelos internacionales del aeropuerto Rafael Núñez de la ciudad de Cartagena, y se le impide con conos, cadenas y agentes. Habiendo estacionado sin apagar el motor, justo antes del que han “privatizado, siendo público y gratuito” se le inmoviliza el carro por espacio de una hora, se llama a la grúa, al DATT y se le multa. Todo delante una niña de 6 años, ciudadana estadounidense. El sitio para discapacitados no fue usado por nadie en todo ese tiempo.
De esos tres casos dos fueron para dentro, porque sabían que si la “autoridad” los detectaba les podría ir peor. No así el tercero, de ahí las nefastas consecuencias. La gente inteligente recomienda lo mismo que los agentes hacen dentro de la institución: lamboneo y sumisión.
No obstante mi primo Francisco Rodríguez ha escrito en Facebook, algo que a la gente inteligente le parece cosa de brutos. Lo seremos, aunque me consta su inteligencia, porque yo lo comparto y lo enseñé también a mis hijos, y a todo el que se gaste unos minutos leyendo mis escritos.
Dice Kikillo, como le llamemos cariñosamente: “Todos los días hay un instante para recordar a mi padre (q.e.p.d). Nos enseñó dónde está el verdadero poder y la felicidad que causan las pequeñas cosas; nos enseñó a amar sin esperar nada, y dándolo todo; a ser humildes pero siempre dignos, para nunca permitir que intenten pisarte la cabeza. Aprendimos de él a no arrodillarnos ante el poder, ni ante el dinero, sean las consecuencias que fueren. Cuando mis hijos sientan que yo hice lo mismo, habré cumplido mi labor de padre”
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