Quienes tenemos más de 50 años en Cartagena sabemos lo que era un “camberra”. Muchos opinan que las mejores fiestas de noviembre se vivieron durante los pocos años de su existencia.
“El camberra” producía entre la gente una mezcla extraña de pánico y fascinación, y fue diseñado a la perfección como un pequeño taco de dinamita a propulsión con la fuerza de un “volador” fisicoculturista. Comparado con un “buscapiés”, “el camberra” se vestía de smoking y era de una superioridad inmaculada: más grande, más potente, más vistoso… más peligroso. Cuando lo encendíamos, producía un sonido inconfundible y comenzaba a vomitar fuego por la boca como volcán malgeniado. Y obvio, los gritos de la gente huyendo eran de terror. “El camberra”, como todo loco en carretera que se respete, no tenía rumbo fijo y le quedaba fácil correr por el piso, volar por los techos y hasta sumergirse en el agua como submarino atómico en los tiempos de la “guerra fría”. Hasta que estallaba con el impacto suficiente para que los tímpanos se descojonaran y los quemados se amontonaran en los hospitales, llorando.
En las guerras entre galladas, muchos locos tiraban los “camberras” sin guantes protectores. Otros peores los agarraban y los devolvían a “mano limpia” a su agresor original. Hasta que venía el accidente… era una tragedia, tengo varios amigos que perdieron parte de sus dedos durante las fiestas.
Nunca olvidaré el susto de las madres con el famoso “camión verde” de los hermanos Yacamán. “Mijo”, me decía mi vieja, “cuando veas ese tanque de guerra en la calle, sales corriendo. Dicen mis amigas que esos locos tienen ‘camberras’ hasta en las orejas”. Que iba a saber mi vieja que nosotros nos defendíamos con unos “huevos podridos” que los teníamos guardados bajo tierra desde los primeros días de septiembre. Con un solo huevo que te impactara, por favor, había que bañarse por lo menos unas 90 veces antes de recuperar - si acaso – la compostura por los días de navidad.
Como era de esperarse, durante el reinado de los “camberras”, los “buscapiés” perdieron su autoestima. Nadie los respetaba. Pero curiosamente los “buscapiés” sobrevivieron y los “camberras”, no. Cuenta la leyenda que su único creador decidió descontinuarlos, ante tanto accidente grave.
Siempre me he preguntado de ¿dónde viene nuestra vieja fascinación juvenil por las guerras con pólvora durante las fiestas de noviembre? ¿Quizás obedezca a una catarsis colectiva que viene de nuestro trauma ancestral por tantas guerras de independencia, saqueos de piratas y “sitios de hambre”? Por ahí debe venir la cosa.
JORGE RUMIÉjorgerumie@gmail.com
