Lo conocí en diciembre de 1978 cuando tuve la fortuna de servir al estado como empleado público en la Superintendencia de Sociedades.
Ya tenía él 36 años de edad. Era el abogado que representaba casi todo el sector empresarial de Cartagena y gran parte de la costa norte colombiana. No se limitaban sus conocimientos al derecho societario. Incursionó en todos los libros del Código de Comercio. Desde esa época ya era miembro del Colegio Nacional de Abogados Comercialistas de Colombia.
Su especialidad en esta materia fue el esfuerzo personal. Su dedicación, inteligencia, lectura, estudio, enseñanza, audacia, creatividad, lo convirtieron en el consejero de empresarios, políticos, colegas y togados de la ciudad y el país. Muchos no atendían una solicitud judicial de cualquier área del derecho, sin escuchar primero su opinión. La H Corte Suprema de Justicia le solicitó consentimiento para someter su nombre a consideración de la Sala Civil, pero no aceptó.
La agitada Bogotá y su clima frío no eran atractivos para su estilo de vida. Fue dueño de su tiempo, su pensamiento, su palabra y su pluma pero nunca estuvo tentado por los honores y protocolos. Sobresalió como docente en la Universidad de Cartagena, donde, a pesar de sus múltiples ocupaciones, tuvo la cátedra de Comercial General, Sociedades, Títulos Valores y Contratos. Además, fue Jefe del Departamento de Derecho Privado.
También fue persistente capacitador en foros gremiales. En el año 2000 nos asociamos para continuar su exitosa vida profesional. Antes de empezar la jornada laboral, compartíamos un café a las 06:45 am. Hablábamos de los hechos recientes, nacionales, departamentales y locales. Estos últimos le despertaban un entusiasmo crítico que lo catapultó como el columnista de El Universal con más influencia en la opinión pública. Fue un fiscal del ciudadano. Por esto, los domingos eran esperados por muchos para conocer en qué pensaba o a quienes increpaba con firmeza y sin temor. Fue padre después de los cincuenta. Camilo, su hijo, nació hace 15 años. Desde aquella fecha fue más ermitaño.
El 25 de junio de 2014 salió a las 11:30 am de la oficina por un malestar en las amígdalas. Nos escribimos todo el tiempo y conversamos telefónicamente pero no se quejó de nada. El domingo 6 de julio de 2014 me escribió un chat a las 7:41 am: “En situación de salud delicada. Después le informo”. Respondía así mis interrogantes del día anterior de ¿cómo se siente? y ¿cómo va la salud?
Estos breves recuerdos de mi amistad con Héctor Hernández Ayazo (q.e.p.d) me llevan a pensar que vivió de prisa y se fue con discreción, sin que nos diéramos cuenta. Él lo quería así ¡y su deseo se cumplió!
RAYMUNDO PEREIRA LENTINO
r.pereira@hernandezypereira.com