Es notorio que la inseguridad erosiona la calidad de vida. Con base en datos locales y ayuda teórica hago los siguientes aportes. Al dar un vistazo por el Socorro, el Pozón o, Los Calamares, etc., se ve que hay bastante por hacer a pesar del interés del Gobierno nacional y local, y es posible que los métodos aplicados requieran más contexto.
En el libro Violencia Urbana: radiografía de una región, Ariel Ávila analiza la importante reducción del crimen en Bogotá –en 20 años redujo en 60% su tasa de homicidios y tiene índices de delincuencia a la baja -desde las administraciones Mockus hasta la fecha. Lo determinante allá ha sido sumarle a las políticas nacionales de lucha contra grandes estructuras criminales, las locales de microgestíon en respuesta a manifestaciones territoriales diferenciadas de inseguridad. Se inventaron a partir del estudio de la desmejora de la convivencia, crimen organizado, delitos de alto impacto y la percepción ciudadana, estrategias focalizadas para avanzar en estos frentes.
Combinaron, un gobierno tras otro, en las últimas dos décadas, de la mano de inversión social en zonas marginadas, la cultura ciudadana de la sanción social –no solo la judicial–, la gestión de la seguridad contextualizada. Es decir, una política de microgestión, con la premisa de que “así como el crimen y las estructuras delincuenciales no tienen una homogeneidad operativa en los diferentes territorios, las respuestas a los impactos de estas estructuras y las formas de perseguirlas no pueden ser similares en toda la ciudad”.
Entonces, se descentralizó la gestión de seguridad ciudadana teniendo de base microterritorialidades. En esto fue determinante la administración de Lucho Garzón –de izquierda- donde se crearon las unidades de planeación zonal, que buscando ser un elemento de planeación urbanística intermedio, fortalecieron la seguridad barrial siendo usadas en la instalación del Plan maestro de equipamiento, defensa y justicia.
Se concentró así la acción estatal en zonas críticas, dependiendo de la concentración de delitos, interviniéndose además con enfoque social el territorio. Y se creó un sistema de alertas de contexto familiar y social en los colegios públicos para detectar posibles desviaciones en los adolescentes. No será que ¿cosas como estas hacen falta para tratar inseguridad en el Pozón y la Candelaria o en las zonas más inseguras de la ciudad? No será que ¿nos hacen falta años de inversión sostenida en los barrios subnormales, como lo empezó Medellín con los Primed en los 90, y con Fajardo y Salazar hubo la maximizaron, reduciendo en 66% la criminalidad? No digo que estas dos urbes sean paraísos, pero la estadística indica mejoras notorias. Analicémoslas aprendiendo sobre todo que no todas las zonas son teatro de todos los delitos.
*Concejal
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