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Columna

Quítate de la vía, Perico

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No sé si ustedes la habrán escuchado, si no lo han hecho, la recomiendo (1). Ismael Rivera la cantó por primera vez siendo muy joven. Desde entonces fue un éxito. Yo la escuché una soleada tarde de viernes, era aún muy niño y desde entonces quedé impactado y la he escuchado miles de veces. Para mí es una obra de arte que hoy se puede escuchar con gran fidelidad en sus múltiples versiones. Eso sí, la mejor fue con Cortijo y su Combo.

No pretendo ser Cheo Romero, quien nos ha deleitado durante años con su experticia en salsa y quien, por fin, recibe un merecido homenaje y reconocimiento luego de tantos años de ilustrarnos con su sapiencia y agradarnos con su desparpajo y su embriagadora voz ronca.

No se sabe quién era Perico. Pudo haber sido un pobre hombre, uno de esos desventurados de la calle, tal vez ebrio, o un desprevenido niño que jugaba sobre los rieles de un tren. De ser así, tenía el apodo de perico por una razón desconocida. También pudo haber sido un plumífero y pequeño animal llamado perico que correteaba por las vías del tren.

Aunque dicen que se refiere a un ser humano, yo siempre pensé que era el pajarraco de corto vuelo que, estúpidamente,  revoloteaba cerca del ferrocarril. En cualquier caso, un desarrapado de la calle, un juguetón imberbe o un ave descarriada, según el cantante, estaba comiendo caña sobre la vía del tren. Es una canción que relata una tragedia al estilo macondiano, en ella todos sabemos el funesto desenlace fatal. Sí, a pesar de las múltiples admoniciones sobre la veloz aproximación del tren, era sabido que el pobre Perico terminaría arrollado. Y era así porque había un pequeño detalle que impidió que las múltiples advertencias permitieran que Perico se quitara de las vías del tren y así evitar el lamentable desenlace. Lo que no sabía nadie era que el pobre Perico era sordo como una tapia.

La parábola de perico se repite en la vida diaria. Nuestros padres sabiamente nos avisan de peligros y riesgos. Y nosotros advertimos de ellos a nuestros hijos. Y, generalmente, no hacemos caso y nos arrasa el tren de la vida. Y aquí, ni se diga, nos alertan de que Cartagena terminará sepultada por las mareas, dividida por la gigantesca inequidad, paralizada por los trancones, encerrada en las vetustas murallas de la falta de planeación y de obras sin sentido, como un túnel dañado antes de ser inaugurado y una loma tan inútil que sería mejor derrumbarla y perder lo invertido. Por eso, antes de terminar tan sordos como Perico, escuchemos las advertencias. El tren de la modernidad viene volando y varios de nuestros vecinos lo conducen, que viene el tren, si no nos subimos nos deja o nos atropella.

*Profesor Universidad de Cartagena

crdc2001@gmail.com

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