Cuando en algunas partes del país aun se celebraba el inicio del nuevo año, Turbaco se convertía en el epicentro de la polémica gracias a un video viral que mostró cómo, en el marco de la celebración de una tradición regional, un grupo de personas asesinaron brutalmente un toro. Este hecho, calificado como atroz, desató la indignación de varios sectores que no tardaron en calificar el evento como un acto de crueldad animal.
Sin embargo, algunos fueron más allá al insinuar que el reprochable acontecimiento, así como tantos otros (como el taxista que golpeó al pasajero por no pagar con “sencillo”) eran el reflejo de un país que no ha logrado la paz y reafirma, a través de su conducta, que la violencia parece ser inherente a la condición de colombiano.
Que muchas situaciones se vinculen con la paz no es el problema, más aún si se tiene en cuenta el momento político del país. Sin embargo, conviene que este discurso no se convierta en un argumento que justifique indiscriminadamente problemas de convivencia que tienen lugar en todas las regiones, tanto a nivel urbano como rural. Que se hable de paz, sí. Que su ausencia amplíe el atajo creado para explicar el fracaso en la construcción de capital social, no.
Como las corralejas, el discurso sobre la paz se convierte gradualmente en otra forma de entretenimiento polémico, y no en un esfuerzo que refleje aportes que desde el rol de ciudadanos se pueden desempeñar en la resolución de conflictos y otros dilemas sociales.
Se discutió una y otra vez sobre el cruel espectáculo, pero poco se hizo para encontrar alternativas que funcionen como emprendimientos de convivencia. Como empieza a ser habitual, el desenlace de la historia dejó abierta una investigación, un par de tweets destacados por su originalidad y oportunismo, alrededor de 30 personas heridas debido a las corralejas y, en este caso puntual, un toro masacrado.
Ojalá las percepciones sobre paz no cambien con el primer evento que incida sobre los estados de ánimo y se traduzcan en optimismos pasajeros o en pesimismos excesivamente contagiosos que hacen pasar del profundo orgullo a la sensación de desgracia de haber nacido en Colombia.
Para que estos imaginarios de paz y su materialización a nivel territorial no se asocien exclusivamente al resultado de los posibles acuerdos, es preciso que se asimile la paz, antes que como un bien supremo, como el producto de una sociedad que se preocupa por lo público en sus territorios, incluso por aquello relacionado con formas de entretenimiento.
*Profesor, Programa de Ciencia Política y RI, UTB
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