Columna

Identidades privadas

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ÓSCAR COLLAZOS
21 FEB 2015 - 12:01 AM

La vida privada no debería servir para identificar a nadie. O sólo a las personas voluntariamente implicadas en ella. Y puesto que nada es más privado que nuestra sexualidad, ser heterosexual, homosexual, asexuado (que los hay) no debería servir de carta de presentación social, familiar o moral.

Si se observa el progreso ganado en una larga lucha por los derechos de las minorías, ahora más radical que nunca, podríamos ser un poco optimistas: los cambios serán cada día menos excluyentes, más gente en el mundo disfrutará de sus derechos.  

Las sociedades montaron sus costumbres mayoritarias en la cima de sus montañas sociales y morales y condenaron a las profundidades de la bajeza las costumbres minoritarias. Las unas recibían la bendición, las otras la maldición. Una aureola de superioridad envolvió a las mayorías. La condición inferior correspondía a la tendencia minoritaria.

Lo mismo ha sucedido con la religión, motivo de cruentas guerras de siglos. La guerra al infiel fue el equivalente a la guerra mortal al enfermo, al apestado, al que está fuera de las mayorías. Permitido, prohibido. Normal, anormal. Sano, enfermo. Todo se simplificó con este juego de opuestos. Lo normal ha sido entonces ser heterosexual, lo anormal, ser homosexual. El uno ha sido el sano; el otro, el enfermo.

De allí se creó el sistema de valores que hoy nos tiene discutiendo fórmulas civilizadas para convivir. Por ejemplo, que la condición sexual no tenga ninguna importancia al ejercer y reclamar nuestros derechos; que tampoco la tenga nuestra religión,  o nuestra condición étnica, si vivimos en sociedades con prácticas discriminatorias. La conquista de los derechos es un permanente encadenamiento de eslabones. Un derecho reclama la conquista de otro. Ese es el progreso humano.

Y llegamos al ahora polémico derecho de adopción para las parejas del mismo sexo, que modifica lo que hemos entendido por familia. Ya pasamos por el matrimonio. Menos gente se opone hoy al matrimonio de parejas del mismo sexo. Si quienes deciden el ordenamiento jurídico y la soberbia de las mayorías no se atraviesa, lo que ahora se niega o prohíbe será aceptado dentro de poco.

Si algo nos vuelve menos pesimistas con el progreso humano, es constatar que mucho antes de que más fuerzas conservadoras de la sociedad lo impidieran, de esa misma sociedad salió la fuerza que impulsó los cambios en nuestras costumbres y nos volvió más tolerantes.

Los cambios sociales están empujados por la impaciencia. Y es lógico que así sea. Es lo que debería entender el legislador. Que los cambios no se legitiman para que quepa en la sociedad gente que siente, cree y piensa como él sino más ciudadanos que no piensen, ni sienten ni viven como el legislador.
*Escritor

collazos_oscar@yahoo.es

 

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