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Una pareja de recién casados intenta pasear por su barrio o llegar a algún lugar. Pero se encuentra con que todos los andenes – si es que existen– han sido invadidos por las sillas y las mesas de los restaurantes de moda. Deben, por lo tanto, maniobrar el coche en que llevan a su bebé recién nacido, con sumo cuidado y mucho miedo, entre unas calles por las que pasan raudos, sin consideración ni desaceleración, agresivos taxis y motos de la policía.

Una abuela pide la parada en una buseta. Aturdida por una hora de viaje en que ha sido sometida al atronador equipo de sonido que retumba dentro del vehículo, no encuentra su sentido del equilibrio. El conductor frena con brusquedad tras adelantar a la buseta contra la que está compitiendo, cerrándola aparatosamente. La abuela comienza a bajar mientras la buseta ya empieza a acelerar nuevamente, como sacudiéndosela, aún medio colgada de la puerta, hasta botarla en medio de la avenida, desorientada y trágicamente vulnerable.

Un joven estudiante se duerme otra vez en clase. La noche anterior no pudo dormirse por culpa del picó que unos hombres solitarios encienden, “y que” para alegrar el barrio, como todas las noches y algunas tardes. Hace unos años el muchacho era la promesa y esperanza de sus padres. Hoy ya no oye bien y ni siquiera puede poner atención.

Ejemplos cotidianos como estos y muchos otros abundan en Cartagena, pero a veces pareciera que no los vemos, quizás no queremos verlos. ¿Quién quiere ver aquello contra lo que no se puede hacer nada? Es mejor decir, “esto es normal, acostúmbrate”.

La literatura científica le da a este fenómeno de ceguera o inconsciencia (cuasi) intencional el nombre de “preferencias adaptativas”. Cuando las personas enfrentan situaciones persistentemente terribles, que no ven cómo superar o solucionar, se dicen a sí mismos “esto es normal”, se adaptan a tener una mala calidad de vida y en las encuestas responden que son felices.

Parte de una “normalidad” tal, y de estas dimensiones, incluye, por supuesto, la creencia de que no tiene sentido esperar ninguna respuesta o solución eficiente, ni de largo plazo, por parte de los políticos, ni de los empresarios, ni del Estado. Ante ello, la apatía se vuelve racional, así como votar a cambio de una dádiva o la promesa de un puesto.

Y ese es el origen de este mundo, uno de los peores mundos posibles: el de la tiranía de la incompetencia y la corrupción, erigida en el poder por una ciudadanía trágicamente adaptada a la desesperanza que le impone la mala calidad de vida.

¿Será que otro mundo es posible?

 

pabitbol@unitecnologica.edu.co

 

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