Un proceso de paz que durante su desarrollo permite violar el derecho humanitario de los combatientes y de la población civil ajena al conflicto, y además, atentados contra el medio ambiente al destruir la infraestructura petrolera del país, no podía ser viable, tal como lo vaticinamos hace muchos años, y demostrado está que no lo ha sido.
Los teorizantes de ese modelo perverso de negociaciones no podrán aportar una sola prueba de su conveniencia y deberían responder por tan insensata concepción sobre la solución de nuestra guerra, que fue la que finalmente se impuso.
“Este proceso de paz seguirá languideciendo hasta morirse”, dijo en su última columna de Semana la comentarista María Jimena Dussán, al referirse a los últimos devastadores acontecimientos de las Farc, con su aclaración de que no solo a esta se le puede considerar responsable de la guerra.
Con todo, tan importante analista no se refiere al modelo de negociaciones, cuya adopción, repetimos, fue el más grave de los errores. Es un modelo que no exige limpiar la guerra de hechos atroces como compromiso bilateral, pues, incluso, el más cruel de los atentados -según lo pactado– no tendrá el efecto de parar o suspender las negociaciones, y eso es moralmente impresentable. Y de ahí que en lugar de cosechar hechos de paz durante el proceso, un día sí y otro también, se exhiban más y más víctimas de la guerra.
Si el modelo de negociaciones es en sí mismo destructor, ¿por qué no hay disposición alguna ni por parte de los agentes del Gobierno ni por parte de las Farc, en la Mesa de Negociaciones de La Habana, de revisarlo? ¿Quién lo impide? Cuando se habla de comisiones de la verdad, habrá que esperar revelaciones sobre este delicado asunto, pues parecería que el modelo hubiera sido diseñado por traficantes de la guerra y no por amigos de la paz.
Los buenos consejos siempre tienen carácter edificante, y los del papa Francisco pueden tener efectos humanitarios positivos en nuestro conflicto. Porque no podría concebirse que desde la cumbre de su prestigio esperemos que bendiga un proceso de paz que propicia la guerra sucia mientras se acuerdan soluciones políticas. Todo lo contrario: esperamos que con su intervención se recree el proceso de paz en Colombia, bajo la égida de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Cuando Roma locuta, causa finita, dijo en su sermón famoso San Agustín de Hipoma. Locución que al aplicarla a nuestro conflicto, significaría que cuando hable Roma quedarán cerradas las brechas oprobiosas de nuestra guerra.
PD. No puede hablarse de unidad nacional cuando por la forma de integrar el Senado, no quedarían representados 15 de los 32 departamentos del país.
*Ex congresista, ex ministro, ex embajador.
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