Los relojes de péndulo que el mundo digitalizado envió al cuarto de las cosas inservibles, tenían un mecanismo mediante el cual en la medida que el movimiento pendular se daba, dos pesas internas subían o bajaban alternativamente. Mientras sucedía, el tiempo seguía su marcha adentrándose en las oscuras horas de las noches, para luego marcar las luminosas del sol.
Así pareciera que funciona la economía, en un eterno sube y baja, en un continuo oscilar, que unas veces excita de entusiasmo a los que van hacia la cima y otras ahoga en la tristeza a los que se hunden. Ahora que estamos al borde de la depresión confirmaremos tal símil. Además, podrá comprobarse qué tan buen gobierno tenemos. Así ha sido siempre. La milenaria Biblia nos lo dice en el pasaje de las siete vacas flacas y las siete vacas gordas.
Los gobiernos con el temple moral para administrar bien la economía nacional, sabiendo que de la buena gestión dependerá la felicidad o la desgracia de los ciudadanos, pueden en esta época demostrar que fueron previsivos para los años que vienen de distopía, es decir, de una sociedad indeseable en lo económico, y mantenerse alerta porque el anterior factor trastorna lo político.
La situación es esta: Cristina Lagarde, Gerente del FMI, manifestó que habrá “más volatilidad en las divisas latinoamericanas especialmente cuando la FED eleve los tipos de interés”. Es decir, se devaluará más el peso. Adicionalmente tendremos otras variables: los grandes flujos de inversión extranjera que recibía el país cambiarán de ruta, buscando más rentabilidad y seguridad. La inversión en la producción de materias primas, como el petróleo, perdió su dinámica por la baja de su precio. Colombia le apostó tanto a exportar ese producto que hoy nos tiene en un peligrosísimo déficit en la balanza comercial. Esta apretada síntesis nos permite pensar que la economía mundial muestra un futuro difícil. Da la sensación de que el país ha estado de espaldas a la realidad económica, sin percibir la enfermedad que han llamado holandesa Ante esta situación, ocasionada por faltar una política pública para penetrar los mercados externos con productos diferentes a los tradicionales de café, petróleo, carbón, esmeraldas, flores, oro, níquel y otras pocas, la economía requiere tanta diligencia y dedicación como se le ha consagrado al proceso de paz. Es lo menos que se puede pedir al Gobierno para que no entremos en una recesión que agravaría las posibilidades de la paz.
De no hacerlo, quedaremos a la vera del camino, viendo pasar el desfile de las naciones que marchan hacia el desarrollo.
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