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Columna

Arguiñano, misión cumplida

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Llegamos a Zarauz, cerca de Donostia, una tarde lluviosa de septiembre. “El Arguiñano” es una bella casa de tres pisos, frente al mar, que fue residencia de Karlos y adecuada hoy para el hotel y su famoso restaurante. Una vez registrados, y con maletas de ocho personas preguntamos por el elevador.

“Aquí no hay ascensores, pero hay dos vascos!”, gritó un apuesto maletero que salió a nuestro encuentro. Sonriente, tomó las valijas; su compañero lo imitó y las subieron volando por las escaleras.

Esa noche, en la cena, notamos que el amable botones era camarero también. Le pregunté por Karlos, le conté de mi admiración por él, que lo sigo en la TV hace más de 20 años y que vine desde Colombia a verlo. ¿Posibilidades?“La verdad, mi padre es esquivo y tímido. Si le caéis al tiempo, se mosquea y se va. Venga usted solo temprano mañana, él toma café aquí.”

Ajá, conque es el hijo… Le mostré a Martín, que así se llama, el artículo que sobre Arguiñano me publicó El Universal en julio pasado, que ya le había enviado y anunciando que visitaría Zarauz. Le dije que no tuve respuesta. Calló, no leyó, dio un vistazo; vio mi foto en el artículo, me miró y al fin me dijo: “¡Todos lo hemos leído! Mi padre lo ha leído. Y a usted, lo estamos esperando y debemos informarle de su llegada”. 

No puede ser…

Al día siguiente bajé temprano a la cafetería, le vi entrar, habló con Martín y se dirigió a mí, me extendió sus brazos y nos abrazamos como viejos amigos. Conversamos, tomamos café y mi mujer y mis amigos se integraron. Le gustó que supiera tanto de él, de sus historias, motos, la pelota vasca, sus chistes, trucos de cocina y de sus sabios consejos.

Al otro día nos envió una persona que nos llevó a su escuela de cocina, al viñedo K5, el de su famoso Txacolí, el vino blanco de la zona, terminando el tour en el estudio de grabación, donde nos esperaba. Nos mostró su huerta y el gallinero: “los huevos de Arguiñano, sabes, son famosos…” Más de 20 años viendo el programa y ahora el admirado cocinero ahí, con nosotros, en su cocina. Rematamos con un almuerzo en un sitio que sólo Arguiñano podría recomendar.

Horas más tarde, recibí de mi hijo vía WhatsApp la grabación del programa de ese día, en donde Arguiñano cuenta de “la agradable visita de 8 colombianos muy simpáticos”. Estuvimos un par de días más, seguimos tomando café con Karlos y conversando mucho. Nos despidió y me regaló dos botellas de Txacolí y del aceite oliva K5 que también produce. “Te daría una caja pero es que es un coñazo cargar con botellas en un viaje”. “Muero tranquilo”, le dije. “La gente de bien muere tranquila”, contestó. Lo invité a Cartagena y aceptó.Le prometí regresar.

josekappaz@gmail.com

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