En el pasado Hay Festival se realizaron en la librería Ábaco actividades literarias. Una de ellas fue la presentación de la novela de Rafael Burgos Cantor, El médico del emperador y su hermano. Su personaje principal, Francesco Antommarchi (1780-1838), fue un médico corso, como Napoleón, que enviaron a Santa Helena en 1818 –su madre Letizia y su tío el Cardenal Fesch- para que lo atendiera en su cautiverio dada la desconfianza que les generaban los médicos ingleses.
Este joven médico venía de la escuela de medicina de Florencia donde había sido asistente del anatomista Paolo Mascagni y continuó estudiando esa disciplina. Hace 5 años, la Universidad Nacional, Sede Caribe, expuso sus láminas anatómicas en tamaño natural y comentaron que los vientos del amor lo trajeron a Cartagena hacia 1826. Viajó luego a Santiago de Cuba, donde había una población francesa importante y muere de fiebre amarilla.
El libro de Burgos Cantor describe de manera introspectiva, sensible y con una prosa muy cuidada las angustias y tribulaciones de un médico joven ante un paciente difícil, por haber tenido un poder ilimitado, por arrogante y por autoritario. Es un diálogo interior, del médico y del paciente, enfrentados al drama máximo de la vida, la muerte. Uno de los asistentes a la tertulia de Ábaco hizo el paralelo con la descripción poética de Marguerite Yourcenar del diálogo entre el emperador Adriano y su médico enfrentados a la misma angustia, el final de la vida.
Aporto ahora mi “novela”. Hace más de cincuenta años visité San Pedro Alejandrino con mi abuelo médico. En una vitrina exhibían dos mascarillas, la de Napoleón y la de Bolívar. Me explicó su significado y me dijo que la de Bolívar también la había hecho Antommarchi, quién estaba en Santa Marta ese 17 de diciembre de 1830. ¡Qué personajes esos del siglo XIX! ¡Que coincidencias!
Burgos Cantor mata antes a nuestro personaje y hace aparecer un hermano que se casa con colombiana. Es una novela y todo se vale salvo imprecisiones médicas como hablar de sulfas, medicamento desarrollado por Domagk en la Bayer, en la década de 1920 del siglo del XX; y de inyecciones, cuando sólo hasta 1840, Ward y Pravaz desarrollaron la jeringa hipodérmica.
El Diccionario de Autoridades define sulfonetas como alguaquidas, pajas o cuerdas cubiertas de azufre y ceram, que en la época de Bolívar se usaban como candelillas, que se introducían por la uretra para tratar dolencias “non sanctas”.
Leer el libro me llevó a averiguar la aventura de las mascarillas de Napoleón, que es apasionante. Gracias al autor por su obra que recomiendo especialmente.
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