La “patrimonialización” se ha convertido en objetivo de grupos sociales que buscan el reconocimiento oficial de la importancia de una manifestación cultural, o su protección frente a los riesgos de debilitamiento o desaparición.
Una manifestación (uso, práctica, representación, conocimiento) no es patrimonio por obra y gracia de un acto administrativo. Este valor se lo otorga la comunidad que lo crea, lo recrea y lo transmite por considerarlo una expresión de su identidad cultural y social.
En las leyes del Congreso y los acuerdos de los concejos municipales la lista de manifestaciones “declaradas” patrimonio en el país es extensa. Sin embargo, estas normas suelen carecer de mecanismos de gestión efectivos pese al entusiasmo que generan en sus promotores.
Las Listas Representativas de Patrimonio Cultural Inmaterial (LRPCI) constituyen el medio que usan el Ministerio de Cultura, gobernaciones, alcaldías, autoridades indígenas o de consejos comunitarios para determinar que una manifestación del patrimonio –por su especial significación, o en virtud de su nivel de riesgo– queda cobijada, previa valoración y trámite por un Régimen Especial de Salvaguardia.
En Colombia son 19 las manifestaciones incluidas en la LRPCI de la Nación, ocho de las cuales están reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y una más que fue incluida en su lista del Patrimonio que requiere medidas urgentes de salvaguardia.
Ahora que Cartagena retoma el proceso de inclusión de sus Fiestas de Independencia en la lista nacional, que pronto convocará la participación ciudadana, y de la iniciativa de declarar la Champeta patrimonio de la ciudad, vale la pena señalar algunas tensiones y retos de estos procesos: discusiones sobre tradición, folclor, lo popular; debates frente a la explotación comercial, la propiedad intelectual y el uso turístico; creatividad, imitación, repetición; espectacularización, autenticidad; formas de gestión y financiación, entre otros.
Según la antropóloga Bárbara Kirshenblatt-Gimblett, la concepción de patrimonio inmaterial “intenta mantener una tradición viva frente a posibles amenazas, preservando las condiciones necesarias para su reproducción cultural, lo que implica que hay que valorar por igual a los ‘portadores’ y ‘transmisores’ de las tradiciones y a los usos y entornos en los que éstas se dan”.
La tarea es, en sus palabras, “mantener el sistema completo en su calidad de ser vivo, y no solo recopilar ‘artefactos inmateriales’”. El reto en Cartagena comienza, entonces, por poner en primer plano a los actores de lo que se quiere salvaguardar.
*Investigadora Asociada del L+Id
Twitter @Ginaruzr
