Columna

La felicidad

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FERNANDO GÓMEZ CABAL
16 JUN 2016 - 12:00 AM

El 20 de marzo pasado, por iniciativa de las Naciones Unidas del 2012, se celebró el Día Internacional de la Felicidad. Coincidió esa fecha con la publicación del cuarto informe mundial sobre este tema. Allí se señaló que la calificación  obtenida por Colombia en estudios pasados fue mejor que la obtenida ahora.

El primer problema es definir qué es felicidad. La pobreza con platica es llevadera. Privilegiar la obtención de ingresos lleva a sacrificar calidad de vida.

Le preguntaron a Sigmund Freud qué era ser sano y contestó: sano es quien puede amar y trabajar. Me permito corregirlo: sano es quien trabaja su amor y ama su trabajo. También para definir qué podía ofrecer el psicoanálisis a alguien, dijo que lo máximo que podría aspirar era cambiar una “miseria neurótica” por una “miseria humana”. Parece ser que inherente a estar vivos está sufrir.

Hace unos días una mujer de 28 años me consultó por tristeza y angustia. Al preguntarle sobre  su vida, descubrimos que lo único que consideraba valioso era su trabajo y que  se sentía sola. Todas las relaciones en las que se había comprometido las dejaba por temor a ser engañada, como lo había sido su madre por su padre. Se sorprendió que en el diálogo hubiéramos hablado de eso. Esperaba que solo le formulara un medicamento que le permitiera sentirse mejor. Me miró sorprendida cuando le sugerí que revaluara su posición ante la vida. Fue una sorpresa para ella que sus molestias estuvieran ligadas a resentimientos por una infancia dolorosa y a haberse refugiado en su trabajo descuidando su vida afectiva y no dando  importancia a buscar la felicidad, ni siquiera a considerarla aunque en el momento le pareciera inalcanzable.

Cada quién debe encontrar su camino para ser feliz. No hay una fórmula y es más fácil determinar qué nos hace sufrir y qué no nos gusta y tener el valor a negarnos a hacerlo que someternos y resignarnos a padecerlo. Lo que sí es innegable es que amar y sentirnos amados y tener gusto y admiración por lo que hacemos  nos aleja de la tristeza y del sentimiento de vacío.

La felicidad no es ausencia de dolor. Saber enfrentar y vivir los momentos difíciles y verlos como oportunidad de cambio y ocasión de ser solidarios y recibir el afecto de otros es una experiencia que nos enaltece y dignifica.

Como ejemplo de un valor que identifica al costeño es su solidaridad ejemplar ante la enfermedad del otro.  Para el costeño constituye un imperativo moral manifestarse, acompañar y cuidar al enfermo. Estar enfermo es triste, pero lo es más estando solo. Posiblemente la percepción que se tiene de la felicidad que gozan las personas que conforman este grupo social, a pesar de estar padeciendo dificultades evidentes.

*Rotaremos este espacio entre distintos columnistas para dar cabida a una mayor variedad de opiniones.

COLUMNA MÓVIL*

FERNANDO GÓMEZ
fergomezcabal@gmail.com
 

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