Como Borges, el “memorioso de Buenos Aires” era ateo, Dios se lo llevó el 14 de junio de 1986 para demostrarle que sí existe. Mucho antes de partir había bendecido la infinita ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y las sombras.
Premio Nobel de Literatura para todos, menos para los rostros de madera de la Academia sueca que se lo embolataron, fue sepultado en el cementerio Maimplsi, en Ginebra, la ciudad que amó. Siempre esperó la muerte con felicidad. Sostenía Borges.
Pocas personas como él se han dado el lujo de morir siendo cuatro veces feliz: (1) casado con María Kodama; (2) en Ginebra, tal vez en una tumba rodeada por “el silencio del pájaro dormido”; (3) aspirando al olvido “la única venganza y el único perdón”, y (4) buscando “por el agrado de buscar, no de encontrar”, siguiendo la receta de Kavafis.
Seducido por la idea de morir sostuvo siempre que no esperaba castigos ni recompensas. “Sé que voy a morir eternamente, como murió mi padre”, dijo alguna vez en una de esas ruedas de prensa que convirtió en pequeñas obras de arte, como sus cuentos.
En alguna de ellas soltó una de sus diatribas contra el fútbol (“una forma de tedio”) que ningún fervor le provocaba hasta el punto de que habría podido confundir un gol con la sota de bastos. Del balompié dijo que era “una cosa estúpida de los ingleses… Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son esencialmente hermosos”.
Optó por el cuento, de corto vuelo, “porque corresponde a una unidad estética. La novela, en cambio, suele ser una acumulación”.
Sobre el oficio de escribir, fabricó una ironía que envidiaría Wilde: “Todo el mundo es vanguardista. Todos empezamos a ser escritores geniales. Luego volvemos a la cordura”.
“Me han prometido tantas veces el Nobel que el jurado de Estocolmo tiende a creer que ya me lo dio”, solía ironizar. Peor para el Nobel que nunca se ganó un Borges.
Solía tutearse con la muerte. Una vez le propuso a su amigo Macedonio Fernández que se suicidaran para seguir conversando. “No me acuerdo si nos suicidamos aquella noche”, bromeó Borges.
Es de los pocos que ha escrito una especie de borrador de su propio epitafio: “Morir es una sana costumbre que sabe tener la gente”.
Era tan famoso que cualquiera podía pensar, cuando oía hablar de él, que había muerto.============04credito-opinion-columnista (3105759)============ÖSCAR DOMÍNGUEZ============04correo-opinion-columnista (3105760)============oscardominguezg@outlook.com
