Una de las cosas más tristes de este momento histórico para Colombia es la frustración que uno escucha en la voz de las víctimas del conflicto armado, cuando intentan conversar con quienes, por encima de sus tragedias y su dolor, no esgrimen argumentos contra el proceso y los acuerdos de paz, sino que pretenden sustentar su No simplemente diciendo que no creen en Santos, o que no les gusta Santos, o que no quieren que Santos salga triunfante o que se gane el Premio Nobel de la Paz.
Triste. Recorrí la ciudad y el territorio haciendo pedagogía sobre el proceso de paz, y me preocupa profundamente que, si bien la mayoría de las personas con quienes deliberamos llegan con posiciones muy fuertes en contra o a favor de lo que se pactó entre el Gobierno y las Farc, casi nadie ha leído los acuerdos de La Habana.
Mi intención no es convencerlos de que voten Sí, aunque siempre soy claro en que esa es mi posición personal ante el plebiscito. Lo que sí es tremendamente importante es que tan trascendental decisión para el futuro de Colombia, de nuestros hijos y de los hijos de quienes más han sufrido este amargo conflicto, sea tomada por cada uno de nosotros de manera informada, responsable y considerada.
Los acuerdos de La Habana no son perfectos; ningún acuerdo puede serlo (ojo con vanas promesas). Oí preocupaciones muy válidas de víctimas y de líderes campesinos, étnicos y sociales con quienes he tenido la fortuna y el honor de conversar sobre todo esto. Y aun dadas esas preocupaciones, sé que la gran mayoría va a votar Sí.
Dicho eso, creo que los acuerdos de La Habana sí representan una oportunidad histórica, primero, para sacar de los territorios a miles de combatientes armados y comprometerlos –a ellos y a tantos otros actores del conflicto, armados y no armados– con un viraje profundo en sus vidas: hacia esclarecer la verdad, la provisión de una justicia restaurativa, reparar a las víctimas, y la reconciliación nacional.
Así mismo, los acuerdos de paz contienen importantes compromisos que podrían –por fin– llevar al Estado a diseñar instituciones y políticas inclusivas que nos permitan trascender los nudos políticos, económicos y sociales que han degradado tanto nuestros conflictos.
La mesa de conversaciones recibió miles de propuestas ciudadanas para nutrir los acuerdos. La decisión final está en nuestras manos. La única garantía de que se apliquen somos nosotros. Leamos los acuerdos y démosles una lección de ciudadanía al mundo y al futuro. Esta no es “la paz de Santos”; es de todos.
Coordinador del Grupo Regional de Memoria Histórica UTB
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