Estoy en Bogotá en donde el 24 de agosto se terminó la guerra con las FARC-EP. El 25, llovieron las reacciones en la TV y en el café donde estoy. Hay medio país con el Sí y medio país con el No.
Es una reacción emocional porque pocos leyeron el documento, y aunque muchos no lo hayan leído todo, participo del júbilo de Humberto De la Calle y de Iván Márquez, al leer sus discursos de reconciliación.
Todo lo veo emocionada en Cablenoticias, acostada en la cama con mi hija de 36 años que ya leyó el acuerdo en su grupo de intelectuales, escritores y periodistas que nacieron bajo el imperio de las balas, y los intentos fallidos de los presidentes por terminar la guerra.
“Mamá, me parece mentira que estemos viendo esto juntas”, dijo mi hija con ganas de llorar. Ella creció bajo mi influencia ideológica y aunque ahora sea más independiente que yo, siguió todo el tiempo los diálogos de La Habana. Julia tuvo el privilegio de entrevistar a De la Calle para Semana, y le pareció particularmente sereno, sabio, con una capacidad de escuchar inusitada.
Me sorprendió la diversidad: Óscar Naranjo, Roy Chaderton, Iván Cepeda, Álvaro Leyva, Frank Pearl, empresarios, campesinos, afrodescendientes, elegantes damas de aristocráticos modales, como una señal de que ahora debemos construir una Colombia tolerante, donde por fin dialoguemos sin que nuestras diferencias signifiquen discordia y enemistad.
Ahora se impone una doble tarea: leer el documento y explicar sus consecuencias a quienes, por una sociedad injusta y violenta, no pueden leer y comprender fácilmente sus implicaciones. No es “la paz de Santos”, es “la paz de todos los colombianos”, y, particularmente, de nuestros hijos y nietos que sabrán diseñar una paz para compartir, para mirar al conflicto como una oportunidad educadora. Para que cada colombiano se coma su pedazo de pan en una esquina, sino en sus hogares y sus fiestas.
Ya era hora que el mundo supiera que fuimos sabios, laboriosos y pacientes para buscar un arreglo en medio de la calma y la esperanza, y para decir al unísono que “se silencien los fusiles”.
La educación jugará un papel protagónico en la nueva Colombia, ya que comienza la etapa de la pedagogía social después de 52 años de guerra. Hoy más que nunca, el gobierno deberá conceder condiciones de trabajo dignas, ahora que en la escuela, universidad y asociaciones ciudadanas, está la responsabilidad histórica de una paz duradera.
*Directora Unicarta
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