Llegó la Navidad y en buena parte del mundo la celebran. Desde mucho antes de la decisión cristiana de recordar el nacimiento de Jesús de Nazareth en diciembre, una parte del hemisferio occidental ya celebraba con fiestas y regalos el fin del año. Pero el capitalismo, que no perdona nada, se apropió de ella y la convirtió en un momento más para la expansión comercial.
En nuestro medio, meses atrás se engalanan vitrinas y se muestra por los medios masivos de comunicación la más amplia oferta de regalos y alimentos para la temporada, sin percatarse siquiera que un amplio porcentaje de la población no tiene la capacidad monetaria para adquirirlos. Se importan costumbres de otros lares, llegan la nieve y los abrigos rojos al trópico y se vive una esquizofrenia consumista al caer en la trampa de correr a comprar excedentes y segundazos de otras latitudes.
Pero en la Guajira colombiana los niños se mueren de hambre, más de ochenta murieron este año. Y los que no mueren arman retenes por todo el desierto para suplicar a los turistas un aguinaldo, casi siempre unos cuantos centavos.
Entre Ciénaga y Barranquilla las familias exhiben sus niños al borde de la carretera para mendigar, batiendo unas baratas guirnaldas, unas cuantas monedas que son tiradas desde los raudos vehículos. En Cartagena, esa navidad de regalos y abundante comida no llega a miles de niños que sí observan la ruidosa celebración de los otros.
La Navidad se convierte entonces en un tiempo en el que se vive la desigualdad. No es la fiesta para todos los niños; sólo para unos. Si la fecha sirviera, en cambio, para recordar los derechos de los niños, niñas y adolescentes o para construir y divulgar una política social de infancia, se podría pensar que hay interés en la equidad.
2016 será recordado porque se torpedeó desde la extrema derecha una estrategia pedagógica dirigida a ofrecer educación sexual científica en las aulas escolares. Para lograr, año tras año, un mejor conocimiento del cuerpo propio y un sano disfrute de la sexualidad. Para respetarse a sí mismos, a los otros y a los diferentes. Sin mitos ni supercherías. Indirectamente, serviría para prevenir tanto crimen atroz contra la infancia y sus cuerpos.
Y será recordado como un año ingrato para los niños. El espeluznante caso del secuestro, violación y asesinato de Yuliana Samboní lo dice todo. El caso cartagenero del empresario abuelo que violó a su nieto opaca las luces de Navidad y no la hace feliz al saberse que recibió, en otro hecho de lamentable desigualdad, el privilegio que pocos presidiarios tienen de ser trasladados desde la cárcel de Ternera a una clínica de Barranquilla (porque aquí a los presos que visten de blanco los saben atender en la Base Naval o en clínicas de prestigio).
Pero el capitalismo, que no perdona nada, se apropió de ella y la convirtió en un momento más para la expansión comercial.
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