Llegue a la esquina sin encontrar un lugar donde esperar información sobre horarios o rutas. Después de esperar unos largos minutos llegaba con trompetas en los frenos el primer bus, mientras se acercaba, y no logre leer el aviso hecho a mano de sus rutas por lo que me tocó preguntarle a gritos al auxiliar del conductor del autobús (“Sparring”) si llegan o no a El Cabrero.
Después de dos intentos fallidos logre tomar el bus correcto, creo que era un Dodge modelo 84, de los que te obligaban a alzar la voz para pedir el precio del servicio por la ensordecedora orquesta de un motor diésel, chiflidos de frenos de aire y chillidos de metal desajustado.
Una vez instalado en una colorida silla de plástico tejido noté que el tiempo que había calculado para llegar a mi destino se había duplicado debido a la excesiva lentitud del conductor para poder recoger más pasajeros, por suerte había logrado sentarme al lado de la ventana que en algo calmaba el agobiante calor.Llegue a mi destino tarde, sudado y de mal humor, este día, hace casi diez años, jure no coger más bus.
El transporte público se volvió para mí y muchos otros en sinónimo de incomodad, ineficiencia, inseguridad, y desafortunadamente un mal necesario para quienes no tienen otra opción de transporte. Este día también cometí otro error, y fue culpar a la misma gente de perpetuar este servicio mediocre; fui parte de los que dijo “¿de qué sirve invertir en cosas buenas si aquí no hay cultura ciudadana y la gente va a terminar dañando todo?”.
Esta semana regrese a Cartagena después de más de un año, y lo primero que hice fue ir a probar Transcaribe. Existe una agradable sensación cuando te das cuenta que estabas equivocado en algo que querías en el fondo equivocarte. Mi primera experiencia, un martes a las 10:30 am: la llegada del bus fue rápida, los conductores organizados y serios, el aire funcionaba perfecto, y lo más impresionante; los pasajeros respetuosos y ordenados.
Fue en este momento cuando me acordé de la teoría de las ventanas rotas que utilizó el ex alcalde Giuliani en Nueva York: cuando toda la ciudadanía exigía seguridad, en vez de llenar la ciudad de policías, rehabilitó sectores con “ventanas rotas”, y estos mejores ambientes atrajeron buenos ciudadanos y espantaron a los malos.
Transcaribe, aunque lleno de retos, es un servicio público que ha sacado la mejor cara de los cartageneros, y nos muestra que si seguimos avanzando en servicios públicos de calidad la ciudadanía se adapta y evoluciona, y habrá más oportunidades para que la tan dividida sociedad cartagenera empiece a interactuar en los mismos espacios.
jaime.hernandez@sciencespo.fr
