El fenómeno de la cultura política colombiana y sus nexos entrañables con la corrupción ha llegado al extremo de despertar en la comunidad una especie de sentimiento de complicidad, que otorga una patente para meterle mano al erario a quien puede ejecutar recursos públicos siempre y cuando implemente obras destinadas a la comunidad. Es decir, en palabras coloquiales, “que robe pero que haga algo”.
Desde que la política se convirtió en el más rentable de los negocios de la democracia, el ciudadano fue asimilando que la corrupción es una práctica inherente a la actividad de servir a los demás desde las instancias gubernamentales. Por más honesta que sea una persona, al ocupar un cargo de poder en el sector público o cede a las tentaciones del dinero mal habido o se hace el de la vista gorda permitiendo que otros dilapiden los recursos del pueblo.
El caso que involucra al alcalde Manolo Duque tiene varias lecturas. Estamos frente a un hombre sin experiencia en la política que depositó su confianza en las personas menos indicadas o, viceversa, esas personas vieron en el periodista a una presa fácil para llevar a cabo los más sórdidos planes de desangre del presupuesto de los cartageneros.
Si analizamos bien el asunto, las fichas encajan a la perfección. Manolo era el candidato ideal para manejar los destinos de una ciudad que durante muchos años fue gobernada por la clase política de Castillogrande. En él confluían varios factores que se convertían en ventajas comparativas: periodista íntegro, de extracción humilde, apasionado por todo lo que emprende y, entre otros, que se expresa como cualquier parroquiano. La identidad jugó un papel determinante.
Pero una vez elegido, Manolo no podría conculcar los principios de honestidad y transparencia que los comunicadores y otros profesionales conocemos como deontología. El trabajo sucio le correspondía a “JJ”, quien durante su paso por la Gobernación de Bolívar había demostrado sobrados méritos para asumir esa tarea.
Observar a Manolo como un chivo expiatorio o un individuo pasivo en la trama descubierta por la Fiscalía, no es una opinión descabellada.
Es evidente que la corrupción arrastró hacia un abismo insondable la buena imagen y honra de aquel viejo compañero de radio que daba la vida por el Real Cartagena, en fútbol, y por los Tigres, si hablamos de béisbol. Ese es el Manolo que sigue en mi memoria, el comunicador irreverente que se trenzaba en candentes discusiones en las que no estaban incluidas partidas oficiales sino partidos de balompié o pelota chica.
Sigo las noticias del Corralito de Piedra desde la distancia y me duele que uno de los nuestros, periodista que salió adelante gracias a su dedicación y esfuerzos, ahora esté detrás de unos barrotes de hierro sindicado de los mismos hechos que han llevado a Cartagena a un profundo estado de precariedad.
