Si algo es verdaderamente emocionante en el relato de los magos venidos de oriente es la actitud que asumen en la búsqueda del Salvador. Se ponen en camino hacia el misterio, preguntan con humildad, superan momentos de oscuridad, perseveran en la búsqueda y una vez que lo encuentran, adoran a Dios que se ha encarnado en un niño, frágil e indefenso.
Herodes y su corte son otra cosa. Ellos, en Jerusalén, representan el mundo de los poderosos. En su mundo todo se vale con tal de asegurar el propio poder: el cálculo, la estrategia y la mentira. Vale incluso la crueldad, el terror, el desprecio al ser humano y la destrucción de los inocentes. Ese mundo Cartagena lo conoce bien porque a diario lo respiramos y nos produce náuseas. Es un mundo grande y poderoso, que funge como defensor del orden y la justicia, pero, en el fondo, es débil y mezquino pues termina siempre buscando al niño “para matarlo”. El escándalo de los comedores escolares es una evidencia.
Según el Evangelio, los magos irrumpen en un mundo de tinieblas y “tinieblos”. Algunos estudiosos de este relato, no han dudado en hacerlo dialogar con los aportes de Carlos Jung en su psicología de lo profundo: los magos representan el camino que siguen quienes escuchan los anhelos más nobles del corazón humano; la estrella que los guía es la nostalgia de lo divino y el camino que recorren es el deseo. Para descubrir lo divino en lo humano, para adorar al niño en vez de buscar su muerte, para reconocer la dignidad del ser humano en vez de destruirla, hay que recorrer un camino muy diferente al que siguen “los Herodes”.
No será un camino fácil ni bastará con escuchar nuestro corazón. Urge avanzar, exponerse y asumir riesgos. El gesto de no matar al niño sino de adorarlo será un gesto sublime. Se inclinan respetuosamente ante su dignidad; contemplan en él la estrella de Dios; descubren lo divino en lo humano. Estamos ante el mensaje central: Dios se encarnó en el niño de Belén.
Hermoso resulta también la fuerza simbólica de los cofres abiertos. Con el oro reconocen la grandeza del ser humano y su dignidad. Todo está subordinado a su felicidad. A los pies de un niño hay que colocar todas las riquezas del mundo. El incienso recoge el deseo de que la vida del niño se despliegue y su dignidad se eleve hasta el cielo. Todos estamos llamados a participar de la vida misma de Dios. La mirra es medicina para curar la enfermedad y aliviar el sufrimiento. El ser humano necesita cuidados y consuelo, no violencia y agresión.
Con su atención al débil y su ternura hacia el humillado, este “Adonai potente” introduce en el mundo la magia del amor que es lo único que preocupa, asusta y hace temblar a “los Herodes”.
*Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Cartagena.
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