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Columna

Príncipes perfectos

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Una vez más, les comparto este artículo, publicado antes, para un presente que se repite. Si hay una historia de excesos de poder, de deslealtades y sangrientas conspiraciones, de inmoralidad o amoralidad sistemáticas, es la del imperio romano. Hubo muchos ciudadanos, tribunos y senadores, que en valiente oposición terminaron exiliados o asesinados. A pesar de la magnitud del imperio y de sus problemas, sobrevivió por siglos. El segundo de estos, fue felizmente conducido por un grupo de gobernantes, cuyas gestas permiten conocerlo como el Siglo de Oro, con cinco príncipes perfectos, como se les llama.

El camino lo abrió Nerva, “el divino”, aclamado con un enorme consenso de clases. Según Tácito, durante su reinado unió las ideas de imperio, libertad y paz, iniciando ese tiempo dorado. Ordenó cesar las persecuciones contra los cristianos, permitió regresar a los desterrados, devolvió sus prerrogativas al Senado y usó su propio patrimonio para socorrer a los pobres. Le sucedió Trajano, a quien sus  estancias en la guerra no le impidieron cumplir con su trabajo de política interna y quien fuera portavoz de la opinión del Senado, institución que había sido despreciada. Su ascenso le supuso a este órgano recuperar sus atribuciones, “la llegada de un tiempo nuevo”, al decir de Plinio. Forjó un ambicioso plan de regeneración moral y política con consecuencias en la administración, en la justicia y en la economía. Impulsaría también un plan de ayuda a los propietarios agrícolas. Nos haría recordar a ese otro gran hombre que fue Tiberio Graco, cuyo pensamiento social, no lo resistió la Roma republicana de entonces.

Luego el mítico Adriano. Levantaba ciudades con un significado político: sellar una alianza en pie de igualdad entre Roma y la ciudad que se construía. Luego, Antonino Pío, cuyo nombramiento entusiasmó a la comunidad, al tener costumbres moderadas, carácter amable, gran experiencia y sobre todo, una limpia intención de obtener bienestar para sus súbditos. Puso un estricto orden en las arcas imperiales y costeó de su propia hacienda gastos en provincias con marcadas desigualdades. Finalmente Marco Aurelio, amado por su pueblo. Sus Meditaciones siguen siendo un monumento literario a un gobierno al servicio del deber.

Me sirvo del suceso para llamar la atención, pues a pesar de haber gobernantes y funcionarios corruptos queriendo el poder para usarlo a su arbitrio, hubo un tiempo en que confluyeron felizmente, los que- con sus defectos y virtudes- lo aplicaron para gobernar bien y prodigar al pueblo lo que era justo. Cinco en ochenta años. Ahora bien, cinco durante veinte años, serían un oasis para algunas de nuestras ciudades, gobernadas por quienes creen que estas y sus erarios son feudos personales, para ellos, sus familias y sus amigos, para mantener su estructura grupal, contra una comunidad que los eligió para menesteres más altos. Y vale para todos aquellos que pretendan ejercer el poder del Estado, por mucho o poco que este sea.

*Rotaremos este espacio para mayor variedad de opiniones. 

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