Con frecuencia ocurre que sin tenerla muchos nos ufanamos de esta cualidad. Tolerar se asocia con respeto, permisividad, comprensión. Cada quien tiene un concepto de ella totalmente diferente.
Pero cuando nos referíamos a una zona de tolerancia era un eufemismo para señalar una concentración de prostíbulos. Hoy la profesión más antigua del mundo es ejercida en forma abierta en todos los lugares y sitios de nuestras ciudades. Con más razón aquí por nuestras pretensiones turísticas. Las vendedoras de placer ofrecen su mercancía en forma descarada. La edad, condición, y precio tienen amplia variedad. Hay para todos los gustos y bolsillos. Las secuelas sociales, y su impacto han sido estudiadas por especialistas y también, como siempre, por eruditos de agua dulce que desbarran en sus conceptos. Nos conformaríamos con que lo hicieran sin petulancia.
Tolerar era una palabra proscrita. Ser de manga ancha y permisivo se consideraba sinónimo de desorden, y relajo. De la zona de concentración puteril hemos llegado a los clasificados del sexo en la prensa, y a la más escandalosa oferta de gente joven para eróticos oficios.
Tolerar, por fortuna es algo más, es, aceptar, consentir y comprender un fenómeno y una opinión, también ha sido benevolencia y disimulo. Ese “prohibido prohibir” que despertó tanta pasión sigue vigente.
Leopardi decía: “No existe nada más intolerable en la vida corriente, ni que se tolere menos, a la vez, que la intolerancia”.
En el mundo actual, con un ambiente crispado, lleno de ambigüedades, saturado de imposiciones, se precisa ensanchar los límites de la cordialidad. Tolerancia es una palabra mágica, con resonancias de agradable convivencia, de armonía, de respeto, y en las épocas electorales hasta de apertura, y democracia.
Pero la tolerancia la tienen quienes abren puertas y ventanas, renuncian a los resentimientos, a la burla, a la opresión. Es permitir a cada quien que sea “él mismo”, pero además es intentar una crítica sin ofensa, opinar sin oprimir, escuchar sin calificar, tratar con respeto.
Hay que creer en la tolerancia, aceptar opiniones aunque no se compartan. Pero también hay que ser opuesto a las posiciones radicales, las zancadillas, y los resquemores. Aceptar todas las opiniones y comprender que hay gente que tiene gustos distintos a los nuestros. También hay quienes discrepan de nuestras opiniones filosóficas, morales o estructurales.
¿Estamos preparados para vivir con opiniones diferentes y criterios dispares sin resquebrajar la fraternidad humana? Claro que una cosa es tolerar y otra tener que soportar abusos “inmamables”, ante los cuales hay que hacer un rechazo civilizado.
Ser tolerantes no implica dejar de tener convicciones firmes.
Ama a tu prójimo como a ti mismo, enseñaba la bondad antes que la crucificaran.
“Tolerancia es una palabra mágica, con resonancias de agradable convivencia, de armonía, de respeto, y en las épocas electorales hasta de apertura (...)”
