He entendido, guiado por Popper, que la esencia de la democracia es la deliberación crítica, la discusión que prescinde de prejuicios para valorar los mejores argumentos del debate.
La democracia exige una ética que reconoce al otro, que aduce argumentos distintos y se dispone a cambiar de opinión si la ajena contiene razones más poderosas que las propias. La política que desarrolla la democracia que padecemos suele derivar en erística, antes que en deliberación crítica. Schopenhauer dice que la erística es “el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente”. La discusión crítica contrasta razones y tiende a la verdad. La erística acude sin rubor a la manipulación.
El debate nacional permite constatar lo anterior, pues en el afán de ganar el electorado y la victoria, los políticos acuden a la “razón ilícita”, es decir, a la tergiversación y el miedo, entre otras artimañas. Carlos Gaviria decía que la educación es presupuesto de democracia pues el conocimiento permite evadir las trampas de la sinrazón.
Centraré este mínimo ensayo en dos formas de manipulación: una basada en la simpatía por ideas de izquierda, y otra en creencias religiosas.
La izquierda es proclive a la igualdad social, pero con matices que llegan al radicalismo que se identifica con las tesis marxistas de la dictadura del proletariado. En Colombia el ciudadano medio suele identificar las ideas de izquierda con las vertientes más radicales del socialismo que fracasó en la URRS y recientemente en regímenes deleznables como el que representa Maduro en Venezuela (aunque tiendo a creer que es una mera satrapía sin ideas).
Se puede concluir que la izquierda es variada en matices y ofrece casos de éxito. La estabilidad de los países escandinavos encuentra fundamento en tesis de justicia social; igualmente la tragedia fascista de Hitler pudo ser superada con fórmulas de intervencionismo estatal.
Satanizamos las ideas de equidad presentando a quien las agita como comunista o castrochavista, cundiendo el pánico entre el pueblo de idiosincrasia formada bajo la sombra del fin de la guerra fría.
El credo religioso también es fuente de prejuicios. Basta calificar de ateo al adversario para que caiga en desgracia. La masa popular no entra a considerar que moral y religión son categorías distintas. La parábola de los sepulcros blanqueados casa bien aquí.
En una sociedad es deseable el pluralismo que respete mínimos de convivencia. La razón pública construida en el debate debe prevalecer sobre la razón privada.
Gaviria Díaz ejemplificaba esto así: alegando una razón privada, un alcalde ordena evacuar la ciudad pues en sueños su deidad le anunció que el pueblo sería devastado. Quien piensa así tiene derecho a hacerlo, pero no a imponerlo como dogma. No hay duda que toda superstición mina la inteligencia.
