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Columna

Historia de dos ciudades

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En 1775 Dickens publicó su “Historia de dos ciudades”. Allí hizo un análisis comparativo, literario y descarnado, entre la ordenada y pacífica sencillez de Londres y la caótica y revolucionaria agitación de París. Con él pretendía alertar y evitar que Inglaterra repitiera, según él, el desastre francés.

Algo parecido, pero al revés, nos pasa a algunos cartageneros con la evolución de Barranquilla. Y esa sensación se agigantó con los Juegos Centroamericanos y del Caribe: escenarios concluidos a tiempo, sin sobrecostos y con gran impacto positivo en las comunidades.

Lógicamente Cartagena no es Barranquilla, y yo no quiero que lo sea. Pero mucho hemos hecho para parecernos a ella: con el canal del Dique intentamos, por adopción, adquirir un río que no se nos dio por nacimiento, y hay que ver las desventuras que tal decisión, y nuestra falta de previsión, han ocasionado en nuestra otrora límpida bahía; en la búsqueda de un mesías, que nos saque del limbo, como el magnífico burgomaestre de la arenosa, hemos pasado del purgatorio al infierno.

Sí, Barranquilla no es Cartagena, no tiene su romántico centro amurallado, carece de historia, pero está llena de barranquilleros.

Y aquí plagio al historiador, don Rodolfo Segovia, cuando explica que los 105 días de hambre y sufrimiento, del sitio de Morillo, tuvieron consecuencias durante décadas: “Perdió quizá un tercio de su población y casi toda su clase dirigente. La reina del Caribe tenía 18.000 habitantes en 1810 y solo 8.000 en 1870. El tejido urbano se deshizo… Y cuando la ciudad comenzó a resurgir otros habían tomado con brío la vocería económica y política del ámbito Caribe”. Cualquiera pensaría que, de tan grave experiencia, los pocos cartageneros que quedaron aprendieron dos lecciones de vida que trasmitieron a sus descendientes sobre cómo sobrevivir a la adversidad: cada uno lucha por su vida olvidando cualquier acción comunitaria; y segundo, más vale aquí corrió, que aquí luchó.No de otra forma se entiende nuestra pasividad sabiendo que, según Cartagena Cómo Vamos, hay más de 300.000 cartageneros en condiciones de miseria o pobreza, la deserción escolar es alta, 80% de los cartageneros piensa que vamos por mal camino y sólo la mitad se siente orgullosa de su ciudad.

Quiero creer que el cartagenero se levantará erguido hoy, orgulloso de su pasado, dispuesto a construir un futuro mejor y que, más temprano que tarde, la conurbación de las dos ciudades será inevitable. Por ello termino con el comienzo de Dickens: “es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. Es la edad de la sabiduría, y también de la locura. Es la época de la fe, y también de la incredulidad, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo tenemos todo, pero no somos dueños de nada, caminamos derechito al cielo pero tomamos el camino a otro lado”.

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