Temprano en la mañana ya el calor y la humedad dominaban todo. En medio de la canícula, a la sombra de una tiendecita del palenque se acercaron dos jóvenes. Amables y agradables, en su lenguaje y trato, evidenciaban una formación universitaria amalgamada con el evidente orgullo por su terruño y su cultura.
Se ofrecieron como guías a un turismo diferente; no ese turismo esnobista de conocer estatuas que representan lo que fue, o museos donde se aprende por qué ya no es. No, el turismo por Palenque es conocer lo que son y las razones de su orgullo para querer seguir siéndolo. Durante unas tres horas, varios kilómetros de callejuelas sin el maquillaje del asfalto, entrando y saliendo de hermosas casas sin la falsa pintura del ofensivo concreto, se recibe una muestra de su lengua, su música, sus raíces, sus ancestros y su esencia. Claro, también se recibe la ofensiva bofetada del abandono y del olvido.
Su lengua es una mixtura del primigenio bantú, el portugués agresor que los sustrajo de su África nativa, con el castellano opresor en un continente extraño que se convirtió en su tierra. Esa lengua es un reflejo de ellos mismos: simple, sabia, pragmática, no admite dudas. Toda letra que implique confusión ha sido eliminada: los cuestionamientos sonoros entre la s y la x no ocurren pues solo esta la primera. La cacofónica incertidumbre entre la C y la K la resolvieron con la desaparición de la primera. La dubitativa disputa entre la ele y la doble ele no existe pues eliminaron la segunda. La molesta indecisión entre la v y la b fue resuelta con la inexistencia de la primera.
Su padre fundador, Benkos Biohó, un gigante cimarrón a quien los españoles no pudieron esclavizar, escapó varias veces para instalarse finalmente a más de 50 kilómetros de Cartagena. En ese corral de estacas, su palenque, defendieron su libertad con tal bravura que el gobernador de Cartagena por ese entonces, julio de 1605, con gran practicidad, reconoció que eran muy pocos para las grandes dificultades que habían provocado; por ello capituló, les concedió la paz, inicialmente por un año. Claro, pasaron décadas para que la Corona española aceptara convertirlos en el primer pueblo libre de toda América.
Su música: más de 90 años de historia del Sexteto Tabalá; los nostálgicos acordes de “Las alegres ambulancias”; la marímbula de Rafael Cassiani y Simancongo; emite los sonidos de su África que repiten decenas de grupos que triunfan en escenarios mundiales.
Al terminar el recorrido por Palenque se entiende lo que quiso rescatar la Unesco, su riqueza inmaterial: su gente, su tradición oral, su bagaje cultural. Lo importante son ellos. Y más grandioso aún, ellos lo saben, solo esperan que nosotros lo entendamos, como lo ha plasmado muchas veces el Sexteto Tabalá en sus canciones con su hermoso ‘ni te, ni ne’, esto es, ‘ni tengo, ni necesito’.