La Justicia lenta, ineficiente, politizada o secuestrada por el poder es la mayor debilidad de América Latina y estimula en muchos poderosos un delirio de impunidad, al creer que sus actos corruptos jamás serán castigados.
América Latina tiene una larga lista de ex mandatarios, funcionarios, empresarios y dirigentes que terminaron en la cárcel por creer que su poder, estatus y la inmunidad de sus cargos los blindaba de por vida. Marcelo Odebrecht es el arquetipo del empresario corrupto. Sobornó a funcionarios latinoamericanos con más de 800 millones de dólares. Una docena de sus colegas argentinos fueron detenidos esta semana tras revelarse el contenido de los ocho cuadernos del chofer Óscar Centeno, detallando cómo los ex gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner recaudaban millones en efectivo en coimas por obras públicas.
Los cuadernos ya son parte del anecdotario de la corrupción rampante de América Latina. Son clara evidencia como los videos que registraba Vladimiro Montesinos, mano derecha de Fujimori, los recientes audios por las “ventas” de sentencias judiciales en Perú, los relatos de los 77 ejecutivos arrepentidos del Lava Jato brasileño, los sobornos a través de cuentas bancarias en EE.UU. del FIFAgate y las revelaciones periodísticas sobre los Panama Papers y los Paradise Papers.
Muchas evidencias fueron fortuitas para la Justicia, entre ellas los cuadernos en los que Centeno escribió por 10 años dónde, cuánto y de quién se recaudaba y los “vladivideos” con los que Montesinos filmó cuánto, a cambio de qué y a quién entregaba el dinero, para luego extorsionar a sus víctimas.
Uno se pregunta cuál será la magnitud de toda la corrupción que no se registra o descubre y por qué es tan desigual la lucha entre buenos y malos. Indigna que la Justicia tenga mucho menos herramientas, recursos y profesionales que la maquinaria de la corrupción, así como las fuerzas de seguridad tienen menos poder de fuego que las bandas del narcotráfico y el crimen organizado.
La corrupción y el delirio de impunidad tienen muchos cómplices, y dos tipos se destacan. Uno de origen político-cultural que surge de la polarización política. Se sintió así con los seguidores de Boudou. Pese a todas las evidencias, insisten en que la condena es una caza de brujas o un tiro para coartar las aspiraciones electorales de su ex jefa, Cristina Kirchner. El otro cómplice del delirio de impunidad es la ley de fueros que blinda al corrupto con un manto de inmunidad. La rendición de cuentas y la transparencia se deben imponer siempre y no ser solo promesas de campaña o adornos en discursos inaugurales.
Posdata: Al cumplir en agosto 10 años de escribir cada semana en forma ininterrumpida esta columna Mensajes y Sociedad, decidí despedirme temporalmente para dedicarme a otros proyectos que tengo postergados. Agradezco a los lectores, a El Universal y sus directivos, haberme permitido compartir en este espacio. Hasta pronto.