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Quién sabrá, si acaso los hechos abominables devuelven los pensamientos a moradas de refugio donde esos hechos, podían causar tristezas, pero generaban meditaciones, deseos de comprender, y no el horror.

Por estos tiempos, se invoca el amor, su imposibilidad, el rechazo, como la causa del maltrato y destrucción de lo que se ama. En la mayoría de estas tragedias de hoy, el autor material es el varón. Se dice que la mujer pone su decisión irrevocable, el convencimiento de la imposibilidad de estar en ese amor. Y se llega al espanto.

Sin mayor deliberación había llegado estas noches a La prisionera, el tomo 5 de En busca del tiempo perdido. El narrador reconoce que ya no está el amor por Albertina. La lleva a vivir a su casa y la indagación de las incertidumbres, de los celos, constituyen todo un tratado de honda poesía sobre sentimientos que nadie entiende por qué surgen, sobreviven, se modifican.

El instante en el cual el narrador, en este libro 5 revelará su nombre yofrecerá materia de análisis a la crítica literaria, decide proponerle a Albertina irse a su casa, en París, es de significación. Ha llegado al convencimiento de que ella mantiene amores lésbicos. Esto desata celos y las páginas donde los describe, los conoce, los reflexiona; y sigue inerme ante ellos, es decir, no puede dejar de sentirlos, son hojas memorables.

“Los celos son una sed de saber gracias a la cual acabamos por tener sucesivamente, sobre puntos aislados unos de otros, todas las nociones posibles menos la que quisiéramos”.

Aquí volví a preguntarme: estas lecturas de aquello que uno creyó leer por qué arrojan tesoros distintos.

Los celos del narrador, ante los amores femeninos de Albertina, mostraban que para el amor era indiferente con quién se sostenía. Una forma de absoluto estaba agazapada en la vivencia. Ello explicaría el aburrimiento de los amantes al repetir lo vivido. Desperdician asomarse a lo desconocido.

Proust no se encierra en el círculo de tiza. Mira con interés las relaciones homosexuales y se vale de Monsieur de Charlus y su músico. Tienen una racionalidad interesada que esconde la pasión. Casi un chantaje, ejercicio de poder. En estos vínculos surge también la destrucción. Los casi niños que estudiábamos en el colegio de La Salle nos dolimos de la desgracia de uno de los grandes, último año de bachillerato. Apareció, cosido a puñaladas, en un zanjón vecino a las casas de prostitución. Y Pasolini. Y el duelo reciente.

¿Qué llevará a destruir a lo que se ama, o se cree amar? 

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