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Si uno liberara el presente, trabado o vertiginoso, de Colombia, podría encontrar conjeturas que no significan mucho, están allí como un signo, una reiteración, un pasado que no cesa.

Parecería que siempre se quiso, después de guerras, tener una sociedad dividida por mitades: rojos y azules, indiferentes y devotos, secularizar o bendecir. Se crearon estructuras políticas que preservaran un país gobernado así. La paridad, la alternación. Cuando las mitades se fragmentaban en su interior, se aplicaba la milimetría. Nunca se pensó en la posibilidad de que las mitades se unieran, se fundieran. Que la una convenciera a la otra. Como Eva y Adán: ninguno se quedó en el paraíso.

El mundo en su girar por el universo, incorporaba horizontes. Quizá sirva, para no privilegiar a ninguno, la frase de Chaplin en su filme sobre el dictador, el que dicta el mando: Uno de los pequeños problemas de la vida moderna es la revolución.

La persistencia de las mitades, se puede analizar en dos acontecimientos.

El plebiscito sobre la paz. Escrito así parece una simpleza. La verdad es que se trataba de un logro arduo, de años de aprender a conversar, de sentir que convencer es una arte, una victoria de la razón, un cambio de la sensibilidad. Encontrar el suelo común.

Contaba Chucho Bejarano, cómo la vida en la selva había transformado, incluso, a los guerrilleros ilustrados. Primaba la desconfianza que resulta esencial para sobrevivir en un medio desconocido. Ahora, lo que tenía el plebiscito era la suma de soltar los odios, los rígidos esquemas a que se aferra la vida en su empeño de sobrevivir conforme a una idea, una fe. El dogma que justifica.

Podría decirse que el tejido de los acuerdos, su delicado bordado, requería una pedagogía para que lo conocieran y entendieran quienes votarían. Exceso de optimismo: ¿por qué votamos los colombianos?

Entregar, no es desprecio, un asunto tan delicado, a la cáfila de mercaderes de la voluntad, quienes al vender su voto resuelven el pacto y quedan inermes para exigir, sueltan al albedrío de la corrupción y el interés individualista, los designios colectivos y medran en el triste rebusque.

Sin embargo quedaron en el plebiscito dos mitades. Y lo admirable es que una de ellas correspondía a los jóvenes, a los incrédulos por asco. Y esa presencia, de quienes se alejaron del fracaso de su padres y abuelos, es la que hoy carga de poder la esperanza.

Volvió a ocurrir con el referendo contra la corrupción. Las mitades están cambiando.

Lo demás, Baena Sosa dixit: ¡sale por chatarra!

*Escritor

BAÚL DE MAGORoberto Burgos Cantor*reburgosc@gmail.com

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