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Mientras lee esto, habrán muerto 1140 niños por hambre. Dice UNICEF que “el hambre está amenazando de manera creciente la vida de millones de niños en el mundo”. Y continúa “como sabemos, no es la primera vez que el hambre es una amenaza de primer nivel para los niños del mundo. Por ejemplo, en 2011, la crisis nutricional del Cuerno de África nos dejó durísimas imágenes de niños y familias intentando sobrevivir sin apenas alimentos”.

Las causas del hambre son diversas. Los conflictos armados son una de las que explican por qué esta conduce cada año aniquilar millones de niños en el mundo; también las hay solo naturales, como las sequías y otros desastres en los que en principio no interviene el hombre; está la imposibilidad económica de adquirir los alimentos con los nutrientes mínimos, muy generalizada, dada la pobreza y desigualdad que llegan a ser escandalosas; también la inestabilidad política que, por una lado puede generar migraciones masivas como hay en diversos puntos del mundo o aquella interna que nace de las prácticas corruptas, cuando tenemos instituciones y funcionarios públicos en connivencia con particulares, que impiden aplicar bien los recursos contra un flagelo que duele en el cuerpo. Con pechugas a 30.000 pesos, no hay plata que alcance.

En el documento del Consejo Pontificio Cor Umun, “El hambre en el mundo un reto para todos: el desarrollo solidario”, indicaba el papa Juan Pablo II que “la muchedumbre de hambrientos, constituida por niños, mujeres, ancianos, emigrantes, prófugos y desocupados eleva hacia nosotros su grito de dolor. Nos imploran, esperando ser escuchados”.

Desde la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Doctrina Social de la Iglesia, las cartas constitucionales democráticas, nos imponen un enorme desafío, indeclinable e inaplazable, que es económico y técnico, pero también ético y político.

En Colombia y Cartagena hay hambre. Miles de niños y adultos no comen lo necesario para existir en condiciones de dignidad. Para muchos, es tan insoportable que los conduce a la muerte o a una supervivencia de desarrollo limitado, a esos mismos que luego se les quiere exigir más de lo que humanamente pueden dar.

Luchar contra la pobreza y el hambre, una de sus formas más miedosas, nos impone un esfuerzo común a los sectores público y privado, a la academia, a la sociedad civil. Mientras las acciones se ordenan y sean integrales y sistemáticas, el hambre de tantos queda a merced de la solidaridad de muchos. La acción humanitaria nunca da espera. Por ello, los invito a aportar a los bancos de alimentos que suplen esta carencia en el territorio nacional, en especial a participar con generosidad en la Alimentatón 2018 que se celebra este mes, pero también a que conservemos constante la voluntad, manifiesta en hechos, de ayudar a paliar la situación mientras haya una boca que clame: tengo hambre.“Por ello, los invito a aportar a los bancos de alimentos que suplen esta carencia en el territorio nacional, en especial a participar con generosidad en la Alimentatón 2018 (...)”

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