Columna

Malecón

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CARLOS VILLALBA BUSTILLO
07 OCT 2018 - 12:00 AM

Seré muy provinciano, pero ahora que nuestro presidente anduvo hablando con Trump de tú a tú, y recibiendo respaldo de Mike Pence en caso de que Maduro se alebreste contra Colombia, me atrapó un remolino de miedo por Cartagena. Me alienó la zalamería de los sapos de oficio que adulan al príncipe hasta el colmo de azuzar una guerra entre vecinos. ¿Hablaría de eso el presidente por fuera de las sesiones de la ONU?

Si Duque se propuso estrechar el cerco diplomático contra Maduro con la intención de enamorar a Trump, llegó tarde. Se le había adelantado su colega de Corea del Norte con cartas hermosas. De todos modos, no se ve cerca una descertificación ni una reducción de la ayuda norteamericana para erradicar los cultivos de coca. La desusada cortesía de Trump y la sonora oferta de Pence pagaron la asistencia a la Asamblea General. Enhorabuena.

La noche del día en que trascendió el peligro de guerra, me acosté con la certidumbre de que los mismos aviones venezolanos que lanzaran bombas sobre El Cerrejón y el puente Pumarejo, harían lo propio, veinte minutos después, sobre la Base Naval, Reficar, los muelles del puerto, el aeropuerto, el castillo de San Felipe, los dos de Bocachica y el convento de la Popa. No podía dormirme.

Sin embargo, a eso de las doce de la noche, cedí al cansancio por un ratito y soñé con el general Vladimir Padrino, rodeado de chafarotes, celebrando su paso a la historia como el héroe que logró lo que no pudo el almirante Vernon con el inmenso aparato de su flota. Motivos tuvo: no era una hazaña de lánguido rédito castrense. Fue todo un golpe. El sobresalto me devolvió al insomnio.

Eché mano, entonces, de la novela Theodor Chindler, de Bernard Von Bretano, hasta cuando la fatiga de los ojos me forzó a soltarla. Regresé a mi cama y esta vez el sueño fue con Maduro, quien presidía su zafarrancho sabatino con un uniforme exacto al de Jorge II de Gran Bretaña y acompañado por Cilia Flórez, su esposa, vestida a la usanza de Carolina de Brandeburgo, la reina consorte de aquel monarca expansionista, disfrutando los aplausos de los caraqueños.

Extrañé en mis dos sueños fugaces la ausencia del infalible Diosdado Cabello, el Heidegger de la Revolución Bolivariana. De seguro estudiaba con su testaferro de mayor confianza, el señor Rafael Sarria, la forma de compensar, con un embarque a Sinaloa, las confiscaciones de que fue objeto unos días antes: un apartamento en New York y un jet aparcado en uno de los hangares del aeropuerto de Miami. US $ 30 millones.

Si los aviones Sukhoi nos cambian la historia antes que lleguen los de Pence, Cartagena perdería, además de los objetivos militares citados arriba, la lectura placentera de las citas que de don Sancho Jimeno trae, una semana tras otra, el maestro Rodolfo Segovia en sus sesudas columnas. 

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