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Columna

El secuestro del decoro

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Durante el período colonial aparecieron los primeros embriones de las universidades colombianas obedeciendo a dos modelos opuestos: “Medieval”, de corte eclesiástico-elitista, y  “Pública”, racionalista-pragmática, cuyo eje central era las ciencias naturales y sociales, auspiciada integralmente por el Estado, enfatizando  en el pensamiento libertario de Bolívar y Santander que estremecía el alma y los cimientos de un país recién nacido para la democracia.

Resplandecieron la Universidad de Antioquia (1822), Cartagena y Cauca (1827), Nacional (1867), todas   gratuitas, con la frente altiva, visionarias e irreverentes.

En el período 1953-1957, las universidades se desarrollaron entre los  fragores de la revolución cubana, de  esencia comunista, y la Alianza para el Progreso, de estirpe norteamericana, capitalista. Más tarde sufrieron  las pestes de las dictaduras y del Frente Nacional, obligándolas a  atrincherarse, racionalizando gastos administrativos y académicos, creando  nuevos programas, tareas  muy complejas que hicieron crisis durante el largo conflicto de 1971, paralizando  completamente la educación superior en las universidades estatales.

Pronto llegaría la influencia  neoliberal y, basados en el sofisma de la “autosostenibilidad”, proclamaron la Ley 30/2002, que, teóricamente, auspiciaría la participación democrática en el estamento universitario a cambio de disminuir el torrente financiero de la alma mater hasta estrangularla.

La gota que desbordó la paciencia fue el estítico presupuesto 2019,  destinado a las universidades públicas, provocando movilizaciones masivas  en contra del perverso  modelo de financiamiento que arrastra déficit insostenible que supera el billón de pesos. Lo grave es que el ministro  Carrasquilla no sabe aún de dónde  raspará la olla.

Infortunadamente apareció una llaga en algunas universidades estatales, desde el mismo instante que promulgaron la Ley de Autonomía Universitaria: la avaricia la apartó de  su acrisolada misión institucional (educar, investigar y proyectarse socialmente) induciéndola a explorar modelos de financiación no muy santos, cayendo en  garras  de   politiqueros quienes, al percatarse de  que a través de dicha  autonomía podían evadir  licitaciones consignadas expresamente  en  Ley 80/1993, la prostituyeron, adjudicándole todo tipo de contratos.

En el vientre azufrado de la política neoliberal fecundaron la Ley 30/2002 y Ley 100/2003,  crueles siamesas destinadas a devorar, respectivamente, la educación y la salud de los colombianos y  no hay quien detenga la masacre  de inocentes, el secuestro de la luz y el decoro.hvsagbini_26@yahoo.es

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