La Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada en París por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, es considerada por los soñadores empedernidos, como el logro más importante de la humanidad, aun cuando en Colombia se convirtió en simple adornito de nuestra inocua Constitución Nacional.
Proclamar a los cuatro vientos que “Todos los seres humanos somos libres e iguales ante la ley” fue una trascendental y peligrosa osadía. Asegurar que “Tenemos derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad, a la justicia, al buen nombre, a expresarnos libremente”, desterrando miedos y mordazas, marcó un hito histórico sobre todo en esos momentos cuando aún se percibía el hedor de la Segunda Guerra Mundial con millones de cadáveres insepultos y las ruinas de Europa y Japón se elevaban al cielo suplicando clemencia.
Ese luminoso documento recogió, en treinta artículos, los Derechos Humanos considerados básicos e inviolables, actualizados en la Declaración de los Derechos Humanos Emergentes, surgidos desde la sociedad civil, proclamados entre 2004-2007, pero como era de esperarse, semejante audacia generó espirales de violencia y muerte en contra de aquellos que se enfundan la camiseta de “líderes sociales”, escogiendo voluntariamente la misión más digna y respetable pero a la vez, la más peligrosa del mundo.
Colombia ocupa el deshonroso tercer puesto orbital desapareciendo y descuartizando un líder comunitario cada cuatro días solo por reclamar los derechos individuales o colectivos de los más humildes y vulnerables.
Pero no somos los únicos: aún retumban las palabras de Martin Luther King aquel 28 de agosto de 1963 cuando aseguró: “Yo tengo un sueño… Que en el futuro en este país, mis hijos sean valorados por sus competencias y no por el color de su piel...”. Cinco años después, como cualquier líder sindical o comunal de humilde vereda, empeñados en defender la igualdad, cayó acribillado por trogloditas insaciables dispuestos a devorar las vísceras sagradas de los Derechos Humanos.
Las estadísticas no mienten: desde el 15 de diciembre de 1795, cuando Antonio Nariño imprimió la Declaración de los Derechos del Hombre y, sesenta años después de la célebre Asamblea de las Naciones Unidas intentando ponerles “tatequieto” a los futuros Hitler y Mussolini, los dueños del poder detrás del trono continúan vivitos y matando: al rededor de 200 líderes sociales asesinados en Colombia en lo que va del año, hacen pensar que las cosas en realidad sí han cambiado: empeoraron.
Henry R. Vergara Sagbini
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