Se dice de manera coloquial pero con certeza, que Cartagena es la ciudad de los cangrejos. Significa que los cangrejos cuando están en un recipiente se tornan mezquinos y agresivos. El que logra llegar al borde superior, es arrastrado por los otros hacia el fondo.
El símil ilustra algunos comportamientos en Cartagena. Aquí suele no reconocerse el esfuerzo, el trabajo, los logros de los demás y cuando son tan evidentes que no pueden negarse, entonces viene el bembeo, la mirada por encima del hombro, el desconocimiento, la zancadilla, y la preferencia por lo foráneo para negar lo del patio.
Tal vez por esa costumbre malsana han tenido que marcharse de la ciudad talentos importantes y los que se quedan, porque aman su tierra por encima de todos los sacrificios, enfrentan obstáculos permanentes y hacen esfuerzos inimaginables para poder consolidar sus iniciativas.
Recuerdo las reacciones cuando el empresario Alberto Araújo Merlano planteó ante la incrédula Cartagena su idea visionaria de construir un hotel al norte de la ciudad, que entonces llegaba hasta el aeropuerto Rafael Núñez. Algunos la consideraban una quijotada sin fundamento y le auguraban el fracaso. Bueno, ahí está el hotel Las Américas y todo ese polo de desarrollo que se abrió gracias al espíritu emprendedor de Araújo Merlano, que desbarató la maledicencia.
Talentosos artistas como Joe Arroyo en la música, Darío Morales y Cogollo en la pintura, así como Efraín Medina en la literatura, buscaron otros territorios y afectos para lograr lo que se les negaba o dificultaba en su propia tierra. Fue tan caluroso el abrazo que le dio Barranquilla a Joe que el cantautor le ofreció uno de sus mejores versos hecho canción: en Barranquilla me quedo. “Y si a mí me meten preso, Barranquilla a mí me saca…bongó”, dice emocionado el hijo de Cartagena en su canción dedicada a la Arenosa.
Hugo Alandete, tan grande y talentoso como Joe, se quedó en Cartagena y aquí languideció con su arte, sin apoyo. En sus últimos años estaba tan olvidado que ya casi nadie lo recordaba como el artista que llenó hasta las banderas el Madison Sguare Garden, de Nueva York. Hasta cuando Boris García lo sacó de su sufrida y enfermiza nostalgia y lo integró a Heroicos y Sabrosura, su proyecto de construcción permanente de ciudad y emprendimiento de economía naranja que ahora algunos se empeñan en invisibilizar, negar, copiar y hasta destruir.
Sabrosura es una puesta en escena original que nos aleja del sentimiento cangrejo porque integra, traza vínculos, es cultura viva, encuentro de todos los tiempos. El testimonio de quienes valoran lo propio, lo atestigua. La Sabrosura sigue.