La historia de la emancipación latinoamericana es una historia de caudillos. Esta circunstancia ha marcado profundamente nuestra idiosincrasia y desde luego se ha visto reflejada en nuestras constituciones y en la cultura política.
Roberto Gargarella, estupendo jurista argentino, sostiene que las constituciones latinoamericanas son fuertemente presidencialistas y en consecuencia autoritarias. A fin de acreditar lo anterior, el autor aduce que incluso las grandes reformas sociales han venido de la mano de gobiernos abiertamente autoritarios como sucedió en el caso de la Argentina con Perón y de Getulio Vargas, en Brasil.
Hay entonces, según creo, una tendencia inercial del sistema y sus actores a concentrar poder y reducir los espacios de pesos y contrapesos que conforme a los entendidos, definen a una democracia genuina.
El sistema presidencialista ha incentivado la figura de un jefe de gobierno que dispensa favores a cambio de gobernabilidad. Esa mala práctica se ha reproducido en las regiones en donde el cacique mantiene el poder político a punta de favores. De esta manera las castas y los clanes se reproducen y perpetúan en el poder. Casi siempre son los mismos, por décadas.
Una expresión de esta tara histórica y cultural es la reforma constitucional que propone extender los periodos institucionales de alcaldes y gobernadores elegidos popularmente por dos años. La iniciativa tiene origen justamente, en los gremios de alcaldes y gobernadores del país y sus justificaciones son bastante forzadas.
Uno de tales argumentos señala que la extensión de los mandatos debe propiciar la unificación de sus periodos con las autoridades nacionales y en especial con el periodo presidencial, de modo que puedan coincidir y ser más armónicos los propósitos de los planes de gobierno de las instancias nacionales, regionales y locales. En otras palabras, uniformarnos de una vez por todas, sin dejar espacios a las ideas y gobiernos alternativos.
Otra sugestiva razón es el ahorro de dinero que significará la unificación de periodos. Queda claro que por la mezquina vía del ahorro, pronto prescindiremos de elecciones.
Esta es sin duda una propuesta patéticamente politiquera que destruye la regla esencial de la democracia según la cual corresponde a los ciudadanos elegir mediante el voto a sus gobernantes, y diluye otra clave democrática que consiste en la separación e independencia de poderes, la cual se ve claramente maltrecha cuando se implementan medidas que favorecen el presidencialismo atávico, pues no me queda duda que la influencia presidencial sobre las demás elecciones unificadas será avasallante.
A veces no es necesaria tanta suerte para ganarse el Baloto, pues solo puede ser menester un poco de insensatez y fragilidad en la profesión de los principios que organizan la democracia.“Queda claro que por la mezquina vía del ahorro, pronto prescindiremos de elecciones”.
