Columna

Malecón

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CARLOS VILLALBA BUSTILLO
11 NOV 2018 - 12:04 AM

Las festividades denominadas ahora de la Independencia no son ya las mismas que Héctor Rojas Herazo describió, con pluma maestra, como “Purgatorio de cumbiamba” y “Aquelarre de máscaras”, aunque se conserven igual de típicas, cartageneras y caribes, con los disfraces vistosos, los rostros embadurnados de negro, los sombreros emplumados y las bandas móviles animando el ambiente con la estridencia de sus trompetas y el hilillo sonoro del clarinete.

Luego de que historiadores y sociólogos de extracción popular se propusieron combinar el pasado con la dinámica determinista de la Cartagena de hoy, podemos decir que la conmemoración del Once de Noviembre es tradición e innovación que se nos brinda, a raizales y turistas, a través de la pintura viva que despide sus intensos colores por las plazas y las calles desde la salida del bando hasta la coronación de la reina del Concurso Nacional de Belleza (CNB).

La cumbia y el mapalé, escoltados por el ron y por la esperma, son dos esencias que nos zafan de la tediosa rutina de diez meses de espera. El antiguo arrabal de Getsemaní ha sido clave para este avance renovador de nuestra fiesta. Si de allí salió la Independencia, el reencuentro con sus ecos bicentenarios tenía que ser el punto de partida de la reaglomeración del pueblo cartagenero en torno al arte, la música, la belleza y la vitalidad que se mezclan, como lo decía Rojas Herazo, en un turbión de polvo y amargura y placer que se desata y retiembla ante dos testigos mudos: las murallas y el mar.

Cartagena es una síntesis de patrimonios que se fugan y regresan a gusto de todas las razas que la pueblan y conviven entre agitaciones y reposos. Celebrando el Once de Noviembre se olvidan los sufrimientos y las miserias tan pronto reaparecen, bajo sol o lluvia, los ritos que nos devuelven a nuestros orígenes, a las tres etnias que nos hicieron como somos, orgullosamente auténticos y fanáticos de nuestra idiosincrasia.  Provechosa ha sido, para el folclor colombiano, la herencia africana. Parte de nuestra música y de nuestros bailes típicos se nutrieron de sus hijuelas rítmicas, hechas con melancolía de tambor; de sus contorsiones misteriosas, nacidas del tropel de los cuerpos; de las muecas indescifrables del liberto que le ponía ciencia al silbido de la gaita, y de la magia, en fin, del negro sudoroso y doliente, taciturno y hosco, que trajo consigo el embrujo de la jungla.

Ya no hay quien añore las sombras tutelares de Tomasita la bella y de la negra Irene, ni los toques macanudos de Silvestre Julio, ni la guitarra airosa de Betzabé Caraballo, pero el tumulto que congrega la programación carnavalesca es un aval al empuje con que gobierno local, pueblo y gestores culturales rehicieron un acontecimiento que volvió a “licuar nuestros gestos en el vapor de muchas respiraciones”.

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