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Columna

El silencio y la soledad

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Si estás acompañado por el más absoluto silencio, podrás escuchar la tertulia entre tu corazón, narrando sus angustias terrenas, y el alma, apegada a su vocación de eternidades.

El silencio y la soledad se visten de maestros y, sin prisa ni sobresaltos, colocan en  lugar y tiempo precisos, los barriletes de las comas, las banderillas de los signos de admiración, el garabato de la duda y, sobre todo, los eslabones inciertos de los puntos suspensivos…

Cuando estás solo, contigo mismo harás un inventario de tu vida  sin darle demasiado lustre a los trofeos y soslayando el temor a la guillotina por los inevitables fracasos pues, ¡siempre! podrás empezar de nuevo.

A Dios, estoy seguro, le seduce el silencio. Quizás se alegre por el tumulto de los templos edificados a su nombre, pero privilegia la silenciosa alabanza de tu honradez y convicciones. Dios, sin importar como lo imagines, elige el aleluya enmudecido de los astros, las flores y su plegaria de aromas y colores, el tedeum de oxígeno y clorofila de los árboles del bosque o el rezo elemental del campesino que, en  pleno verano, con su sudor remplaza la lluvia, anticipando el invierno y encendiendo luces de primavera.

El silencio es el más sublime arte de conversar y el más luminoso camino entre seres que se aman sin esperar recompensa. Y cuando aparecen remolinos y tempestades, el silencio es el socio perfecto para apaciguarlos.

La soledad y el silencio son bálsamos milagrosos capaces de extinguir angustias y desvelos cuando nuestros seres amados se marchan para siempre. Entonces cesarán lágrimas y amarguras sabiendo que ellos, convertidos en polvo de estrellas, germinarán en tus recuerdos, tejiendo nidos perpetuos más allá del sol.

Es preciso, sin embargo, ponerles tatequietos a la soledad y al silencio, dejando pasar la algarabía de los hijos y nietos, las puertas abiertas de los amigos y las voces sabias de los ancestros.

Existen también silencios devastadores como aquellos que anteceden al relámpago, a la mordedura de la serpiente y al mutismo de los  fusiles preñados con la pólvora del odio y los perdigones de la venganza. Aseguran también que la soledad y el silencio son hermanos gemelos de la sabiduría, pero al divorciarse de la solidaridad y de la misericordia, se transforman en cómplices de  tiranos quienes, sin ningún recato, han  arrojado al  despeñadero  de la ignominia, durante  cientos de años, los derechos y los sueños  de la malograda estirpe del coronel Aureliano Buendía.

Henry R. Vergara Sagbinihvsagbini_26@yahoo.es

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