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Columna

El derecho al ocio

“Mientras el tiempo libre se reserva para el descanso, la familia, los trámites o la atención en salud, el tiempo de ocio es para la contemplación, el arte (...)”.

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El tiempo de ocio es diferente al tiempo libre y debe ser, como este, derecho de todo ser humano, cuando la esclavitud no debería existir. En la antigüedad clásica greco-latina, por ejemplo, quienes no eran hombres libres estaban obligados al negocio, es decir, a la negación del ocio. Así, el ocio es constitutivo de la libertad del ser humano y esto cobra sentido al comprender que el tiempo de ocio, a diferencia del tiempo libre, es el que propicia la contemplación, la conversación, la creatividad, la capacidad crítica y, por ende, nos hace seres humanos, sin limitarnos a ser sujetos de producción y consumo.

Mientras el tiempo libre se reserva para el descanso, la familia, los trámites o la atención en salud, el tiempo de ocio es para la contemplación, el arte, el diálogo y el debate, es el tiempo de la formación, no de la capacitación que entrena para el trabajo, sino del estudio y la teoría, en su sentido original. De hecho, la raíz de este término (Theorós) se refiere a aquel que contempla lo que está más allá de la animalidad de los humanos.

Desde que se instala, a partir de la Revolución Industrial, un modelo de producción en el que a las personas se les paga por su tiempo de trabajo, nuestra relación con el tiempo cambia. Al “vender” tiempo para la producción, se reducen cada vez más los tiempos libres y los tiempos de ocio. Las luchas históricas por la dignidad humana han intentado garantizar, al menos, la jornada de las ocho horas, que se conoció como 888, ocho horas para el trabajo, ocho para la formación y ocho para el descanso.

Sin embargo, el patrón de acumulación actual demanda mayor aumento de la producción a través de la intensificación del trabajo, en consecuencia, el tiempo libre cada vez es menor por cuenta de la llamada “flexibilización” laboral y el tiempo de ocio se ha hecho casi nulo o se ha diluido en el consumo narcótico de contenidos digitales, como espectadores pasivos de un mundo fantasmagórico. Allí no hay cabida para la contemplación formativa, esa que nos hace humanos porque custodia el derecho al ocio, el derecho a ser libres.

Estamos ante la crisis del tiempo que el filósofo coreano Byung-Chul Han describe como una absolutización de la vida activa, que anula la vida contemplativa y conduce a un “imperativo del trabajo”, que degrada a la persona a un animal laborans. Han propone la necesaria revitalización de la vida contemplativa y asegura que “la crisis temporal solo se superará en el momento en que la vida activa acoja de nuevo la vida contemplativa en su seno”. El reto es doble: por un lado, propiciar los espacios para el arte, la poesía, la música, los debates formativos, el estudio humanista; por otro, que se respeten los tiempos y la libertad de los seres humanos.

**Las opiniones aquí expresadas no comprometen

a la UTB ni a sus directivos.

*Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, UTB.

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