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Columna

Voto soberano, voto informado

“Una sociedad alienada no es libre ni decide con autonomía. La caracteriza la indiferencia por la formación política y el desprecio por el pensamiento científico”.

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La política va más allá del ejercicio electoral, hace referencia a la formación del carácter de lo público. Es la práctica permanente que devela y reconfigura las estructuras de nuestras sociedades, determinadas por las relaciones sociales y económicas.

La política no consiste simplemente en decidir, cada cierto tiempo, sobre qué individuos se delega el oficio del poder; sino en una acción constante, de carácter crítico y reflexivo, que nos interpela a todos a formarnos como sujetos políticos para aportar en la construcción de sociedades más justas y felices.

Por supuesto que votar es uno de los mecanismos que permiten ejercer la soberanía que tiene el pueblo en las sociedades que aspiran a ser democráticas. Cuando el pueblo soberano se convierte en un pueblo alienado, trágicamente, tras el rótulo de democracia se cubre la dictadura de unos pocos que convierten la gestión pública en una agencia clientelista, cuyo objetivo principal es la repartición de contratos para el lucro de particulares a costa del interés colectivo.

Es la antípoda del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, frase contundente de Abraham Lincoln en el discurso de Gettysburg, que constituye una definición certera de lo que es la verdadera democracia.

Una sociedad alienada no es libre ni decide con autonomía. La caracteriza la indiferencia por la formación política y el desprecio por el pensamiento científico. En la desorientación política se privilegia el mensaje emocional sobre el racional y, en lugar de presentar propuestas de gobierno fundamentadas y realistas, los políticos compiten con pegajosos estribillos reguetoneros en los espacios de “publicidad política pagada”. Más fina, pero peligrosa, es la estrategia de canalizar los miedos o prejuicios para influir en los comportamientos electorales. Más sutil, pero también irresponsable, es creer que se puede pensar y actuar libre de ideologías: no hay nadie más “ideologizado” que quien no tiene conciencia de la ideología desde la que está pensando y actuando.

La educación crítica y reflexiva es clave para el ejercicio de la soberanía en una democracia. Walter Montenegro distingue la educación de la mera alfabetización, esta última “es insuficiente o, peor todavía, da resultados contraproducentes cuando le falta una sólida base ético-política”. Mediada por la desinformación, la manipulación, el empobrecimiento y el despojo, no puede existir una democracia.

El voto legítimo, autónomo y consciente es el respaldo a la soberanía del pueblo, pero se requiere además una acción política participante y vigilante que permita develar los intereses y estructuras que amenazan con resquebrajar el carácter de lo público.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, UTB.

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