Por estos días veía en un documental de Discovery. Una de las celebraciones más típicas en México: Las populares “posadas”. Las posadas es lo que uno llama “las novenas”. Con ellas los mexicanos dan inicio a las fiestas navideñas, en las que no pueden faltar las tradicionales piñatas, iconos reconocidos de la cultura mexicana.
Lo que llamaba poderosamente mi atención, era que las piñatas originalmente se hacían de barro. En la cultura prehispánica las rellenaban con frutas de la temporada, lima, limones, mandarinas, naranjas; pero también productos más dulces como la caña de azúcar y variedades distintas de dulces artesanales.
Esta anécdota me hizo pensar en el mandato de Pedrito Pereira. Su gestión se parece a aquellas piñatas de barro. Pedrito se rajó dejándonos una sorpresa. Como en las piñatas de antaño; se derrama un contenido agridulce en el desenlace más funesto de su encargo presidencial.
Pero a mí no sorprende. Desafortunadamente muchos creen en los “cascarones”, en lo bonito del vinilo o esmalte que cubre la cerámica, pero que, como pintura superficial y externa, no es suficiente para acreditar la resistencia de la alfarería. Pedrito, no alcanza a ser Pedro, al menos en la Heroica. Si hubiera decidido ser más ecuánime y sensato no firmando la resolución que da vía libre a la APP para la construcción del llamado corredor portuario, hubiera pasado desapercibido como venía, terminando su periodo como un alcalde medianamente aceptable.
Pero no, como “Pedrito por su casa”, hizo lo que le dio la gana sin escuchar a nadie. pasó por alto las recomendaciones de ciudadanos, Concejo, funcionarios antiguos y nuevos dirigentes elegidos.
En las calles los ciudadanos nos sentimos defraudados. Pero es comprensible. Las lógicas del alcalde no daban para más. Finalmente se prueba que vino a “hacer el mandado”, a cuidar los intereses privados y no del ciudadano común.
¿Y de qué se sorprenden? No se engañen, Pedrito siempre ha hecho el mandadito. El mandadito del papá, del empresariado, de los consorcios, del conservatismo, del uribismo, de los partidos y caciques políticos tradicionales, mejor dicho; de cualquiera menos de su propio criterio. La buena noticia es que la piñata de barro se rompió y ese barro no se vuelve a armar. Con su desafortunado desliz, sella su declive político: ¡Chao, chao Pedrito!
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