Tenemos a la palabra como la expresión de la idea, aunque muchas veces no pasa de ser un signo, un sonido. No hay lengua que pueda expresar a cabalidad nuestras ideas y nuestras sensaciones: sus matices son imperceptibles, y complicados.
Nos quejamos de no poder expresar de viva voz, o en el papel, los sentimientos que nos invaden. La inspiración y la elocuencia casi nunca son proporcionales. En el terreno de las ideas los grandes pensadores se han quejado por las limitaciones de lenguaje. Pero los de humilde condición mental creemos que quien no puede expresar una idea, no la tiene clara. Llegamos a decir que quien se expresa mal, piensa peor. Caso contrario el de algunos espadachines de la palabra que abundan en garbosos lances y giros, aunque solo sean parte de una danza inconsistente.
Algunos virtuosos de la expresión han comenzado escribiendo lo que sienten y han terminado sintiendo para escribir experiencias y memorias. Esa deformación profesional es frecuente cuando la gimnasia y la actuación superan la fuerza. En casi todas las memorias hay un tono etéreo, cuando no mentiroso. Tienen la tristeza del ocaso, sin los mágicos tintes de su espectacular declinación.
Pero la palabra no solo tiene la misión hermosa de describir la delicia de una emoción, la amargura de un dolor, la crueldad de la desesperanza, el ímpetu de un sueño. Es también la resultante de un proceso dialéctico sobre lo fundamental: la razón de ser, estar y vivir. Las eternas preguntas sobre tiempo, ser y nada.
El silencio y la soledad tienen la majestad del misterio. El silencio es la voz de Dios que trasciende en el alma, es una variación de la eternidad. La soledad es reflexión, es energía. Pero la peor experiencia es cuando nos llega gente que nos quita soledad, pero no nos dá compañía.
El deseo se expresa en una caricia, el pensamiento por la palabra, por una conducta. La palabra tiene tanta trascendencia que a Dios se le confunde con el verbo. Así se le dice, pero cualquier reflexión sobre la palabra es superada por la poesía. Antonio Machado dice: “El que habla, piensa hablar a Dios un día”.
Hablar con nosotros mismos es la reflexión. Para Renán el lenguaje es el vestido exterior del pensamiento. Es maravillosa la íntima unión de la palabra con el alma, así otros sostengan que los ojos son su espejo.
Es importante no solo lo que significa la palabra, sino el gesto y el tono que le acompañan. Para establecer compromisos, a la palabra se remiten caballeros, pero también rufianes y delincuentes. Rinden culto a la condición de hombres de palabra.
Los del trópico somos exagerados en hablar. El acartonamiento de maneras se toma por cortedad, por una beatitud idiota, cuando no artera hipocresía. Rechazamos solemnidades pretenciosas, así como las expresiones reprimidas por intereses ocultos.
