Columna

Obregón y Séneca

Sería que el retributivo aprendiz, quería pagarle al profesor concediéndole la segunda libertad, la de ser libertado pronto de la vida?...

Compartir
AUGUSTO BELTRÁN PAREJA
25 ENE 2020 - 09:39 PM

En una animada reunión en casa de Alejandro Obregón, alguien inició una parrafada doctoral sobre Séneca. Alejandro, para cortar de raíz la lata de trascendencia que amenazaba el buen rato, soltó una humorada: “No vale la pena conversar sobre ese viejo hipócrita, cuya obra más importante fue Nerón”. Seguidamente, en medio de carcajadas, continuó exponiendo una tesis sobre las ventajas de comer y beber licores en pocillos. Según el maestro, las tazas guardan olores y temperaturas mejor que platos y vasos. Los sabores y aromas se prolongan en esos prosaicos recipientes.

Rememoramos el episodio por la reciente salida de un librito, con los tratados de Séneca. El de la clemencia, la tranquilidad del alma, y otros que compendian algo de la doctrina estoica. Era su pasión oponerla al placer que todavía impera por influencia de Epicuro.

Con una comodidad conceptual semejante a la de algunos izquierdistas que promueven la revolución pero amasan millones, Séneca fue plusvalía de la ética y desperdicio de la metafísica. Se ocupó del “debo ser”, colocándolo lejos del “yo soy”. Era figura en el alfabeto de la elocuencia. Pero Séneca era un tratado contra lo admirable. Mientras despreciaba los bienes materiales en sus textos, era un agiotista sin clemencia.

Hispano, y de Córdoba, donde después estarían Maimónides, y Manolete, nos deparó la literatura española antes del castellano. Pero también pudo ser Buda en inquebrantable latín.

Algunos grandes filósofos fueron educadores: Aristóteles de Alejandro, Séneca de Nerón. Este filósofo estoico perteneció a la secta de los hombres que serenan. Era profeta de la relatividad vivencial. Su lucidez es un derrame de calmas, denuncia la banalidad de la acción, el valor es la validez de resignarse, prefería que los seres fuesen cosas. “No nos envanezcamos entre cosas nuestras, solamente las tenemos prestadas”. Las Consolaciones declinan la insignificancia humana.

Siendo uno de los magníficos educadores del globo, también es una muestra de la dificultad de educar al hombre, de transformar el barro en conciencia. Dedicó su tratado de la clemencia, y varios más a Nerón, ese emperador de lo que no se debe ser. Gracias a Nerón tuvo que suicidarse. ¿Sería que el retributivo aprendiz, quería pagarle al profesor concediéndole la segunda libertad, la de ser libertado pronto de la vida?

Ahora Nerón, que tanta sangre vertió, quedó para nombre de perros, y Séneca para el tipo de avión predilecto por los “exportadores” de la blanca euforia hacía el nuevo imperio, que ha superado ampliamente a Roma en poder.

Esos escritos de Séneca que contienen tanta sabiduría fueron despreciados en forma rotunda por su autor, un hombre dominado por la excesiva rata de los intereses que cobraba. Tenía el talento de Shylock, pero también el de Shakespeare.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad