Mucho se ha escrito sobre la educación que convierte a los niños en hombres de bien, ciudadanos ejemplares, líderes del futuro para afrontar tiempos hostiles. Es compromiso insoslayable de la humanidad preparar las futuras generaciones que deben acceder al progreso en las distintas instancias. Este sueño requiere de todos los esfuerzos. La orientación profesional, y el desarrollo de facilidades innatas.
Pero cuando vemos la planificación caótica, las locuras del mercado, la publicidad que confunde y estimula el consumo, se impone otro criterio. Preparar y educar no puede confundirse con supuestas estrategias para defenderse de codazos y zancadillas. Surge una pregunta: si no vale la pena pensar en aprender de los niños. Este planteamiento no es nuevo. Desde la madrugada de los tiempos se ha trajinado el tema. Se desconfía de las soluciones sencillas. Se escogen las que ofrecen mayor dificultad.
Los niños tienen mucho que enseñarnos. Siempre que perseguimos los caminos de la ternura precisamos conocer los senderos de la infancia. Los niños tienen mucha importancia, posiblemente porque no se han dado cuenta de ello o porque valoran poco lo que los mayores magnificamos en exceso. El niño experimenta la alegría de una mirada, el encanto de un gesto, la suavidad de una palabra, la ternura de un abrazo. Canta, ríe, grita, derrocha vida, reparte esperanza y alegría.
La confianza sencilla del niño en el mundo de los hombres y en su entorno puede romperse con facilidad. Desequilibrar la seguridad de un pequeño, obstaculizar su desarrollo, cerrar la puerta de su ilusión es una opresión que debería ser borrada en nuestro planeta.
Los niños son seres privilegiados que tienen la misión de la ternura y, aún sin proponérselo, van dejando estela de bondad en los enclaves de la intransigencia.
Los niños se convierten en consumados maestros que saben dar lecciones de convivencia. Comprenden bajo su tierna ingenuidad, que el universo ha sido creado para habitarlo con amor, y que los hombres no pueden ser hijos de la violencia y la martingala.
Nada ni nadie es capaz de dar tanta paz, tanta alegría, tanta fuerza espiritual, como la infancia no contaminada por la presión de una sociedad que ha perdido el tren de la ternura.
La mejor manera de hacer a nuestros niños buenos es haciéndoles felices. Y no parece que llevemos buen camino. El mejor de los caminos, los abrumamos de responsabilidades escolares prematuras, o les exigimos por encima de sus fuerzas. Todavía peor si deseamos que estén hechos a nuestra imagen y semejanza, cuando debiera ser a la inversa.
Pensamos que no solo hay que prepararles en disciplinas y conocimientos, sino que convendría aprender de ellos esa ingenuidad, bondad y nobleza que tanta falta nos hace, así se nos critique por bobalicones y sensibleros. Tal vez lo somos.